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  • Siempre me he dedicado al deporte, en particular a la nieve. Soy profesor de esquí, he participado en competiciones y, en su momento, tuve varias tiendas de material deportivo. Las cosas me iban muy bien hasta que un día me diagnosticaron cáncer, me operaron y, tras varias intervenciones, me quedé con una pierna inutilizada, dos años de recuperación y un negocio que se deshizo en manos de otros. Con cuarenta años me vi obligado a dar un giro a mi vida y decidí que el cambio sería radical. Ya no me interesaban los grandes negocios; quería  vivir tranquilo, sin complicarme la vida. Así que busqué algo pequeño que pudiera hacer con mis manos, algo con lo que quizá unos días …

  • Mi vida era perfecta, estaba muy contenta y, pese a tener solo quince años, sabía lo que quería hacer. Me gustaba ayudar a la gente, trabajar en temas sociales, era voluntaria de una asociación de amigos de la gente mayor… Lo tenía todo muy bien organizado y, de repente, apareció la enfermedad y mi vida cambió por completo. Los primeros síntomas empezaron de forma muy sutil. Un día una gota, un día otra y, tras unos meses, al ver que persistía, mi madre decidió llevarme al médico. No fui escandalizada, nadie se altera por una gota de sangre y, de hecho, tampoco me alteré con el diagnóstico. Era muy joven y no entendía qué me decían. Escuché las palabras «colitis …

  • A veces tengo la sensación de que toda mi vida ha sido salir de una y meterme en otra. Trabajas y trabajas, luchas a diario por seguir adelante, pero parece que todo lo malo te pase a ti. He llegado a un punto en que soporto menos las tonterías de los demás. Mira que me gusta escuchar y ayudar, pero según qué cosas me superan. Cuando ves lo bien que les van las cosas a otros y se siguen quejando…No es justo. Incluso he llegado a pensar que ya le podría haber tocado a otro y no a mi madre. No le deseo mal a nadie, sé que no está bien decir eso, pero me da rabia que me haya …

  • Mi padre, aunque venía de una familia humilde y no le pudieron pagar unos estudios, sabía hacer muchas cosas y aprendió el oficio de barbero. Quería abrir una barbería. Así que, cuando se casó, mis abuelos le ofrecieron un local. Pero, al hablarlo con mi madre, pensaron que si aceptaban nunca sería de su propiedad, por lo que decidieron ahorrar para comprarse algo que fuera suyo. Hizo entonces lo que hacía la mayoría de hombres gallegos, buscar un barco donde trabajar como marinero. Embarcó a principios de noviembre de 1965, cuando yo tenía apenas unas semanas, y el seis de febrero de 1966, cuatro meses después, el barco chocó contra otro y se partió en dos. Tardó veinte minutos en …

  • La primera vez que participé en un ball de bastons, o baile de bastones, tenía once años. En el pueblo se creó una colla de bastoners adultos, es decir, un grupo, y nos preguntaron a mis amigas y a mí si queríamos probar. Me gustó tanto que me quedé, y durante unos tres años recorrí pueblos de distintas comarcas bailando y participando de nuestra cultura. Pero, entonces, llegó la adolescencia y con ella una depresión que hizo que lo dejara todo de lado y que mi vida se quedase parada durante siete años. Lo bueno del baile y la música, sin embargo, es que no se te olvidan y te dejan un bonito recuerdo. Cuando me recuperé, en seguida supe …

  • Estaba trabajando. Me encontraba en un muy buen momento. Era comercial de unos viñedos pequeños, había conseguido hacer crecer el negocio, el trabajo me encantaba, acababa de empezar una relación… No podía pedir más; era la vida perfecta para un chico de treinta y cinco años. Pero, entonces, todo se desmoronó. No recuerdo muy bien qué ocurrió. En mi mente hay un lapso de un año y medio en el que todo es muy difuso. Lo que sí sé es que tuve un accidente de coche que me causó un traumatismo craneoencefálico y un derrame cerebral que me dejaron diversas secuelas, como problemas de tacto, sensibilidad, movilidad y, sobre todo, de visión. Perdí la vista por completo, me quedé ciego.

  • «Ves esa niña, pues tú eres como ella. Lo único que nos separa es la barriguita, que no has estado aquí dentro. Por lo demás, somos tus padres en todo y para todo». Comentan mis padres que cuando me dijeron estas palabras yo tenía unos siete años. Daban una película donde salía una niña adoptada y aprovecharon para contarme que yo también lo era. Al día siguiente lo confirmé con un «yo soy como esa niña» y, al parecer, me quedé conforme. No recuerdo ese momento, ni la película, ni la cara de expectación que probablemente debieron poner mis padres. Nunca he necesitado recordarlo. Crecí sabiendo que me habían adoptado y jamás supuso un problema para mí.

  • Me encontraba en la mejor época de la vida. Tenía veintiún o veintidós años, trabajaba, practicaba deporte, estudiaba, salía con los amigos… Llevaba una vida normal y corriente cuando, de repente, me hacen unas pruebas y ven que tengo la tensión muy alta. Lo normal, a esa edad, es estar sobre doce y seis; yo llegaba a veintidós de máxima y catorce de mínima. No era una simple hipertensión, en cualquier momento podía sufrir un infarto. Así que me medicaron y empezaron a hacerme pruebas para saber qué estaba ocurriendo en mi cuerpo. A partir de ahí, todo cambió. Sufría una disfunción renal que me acabaría llevando por un largo camino de pruebas, controles, tratamientos y, finalmente, a un trasplante …

  • Desde pequeña quise ser médica. Con lo que disfrutaba de verdad era curando a mis muñecas. Es algo que siempre he llevado dentro y que hizo que ya en la escuela fuera un ratón de biblioteca. En cuanto tenía un momento libre me ponía a estudiar. Sabía que para poder hacer Medicina necesitaba sacar la mejor nota posible, y desde muy pronto me centré en lograrlo. No me fue bien. Hice la selectividad y no salió la nota que yo quería. Saqué un 8,3 y la nota media del año anterior estaba en 9,2. Ahí empezó mi desesperación. ¿Qué haría si no era suficiente? Quizá podía irme al extranjero. Aunque no era mi primera opción, no lo podía descartar. Pero, …

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