Mis padres de verdad

23. 06. 2019

«Ves esa niña, pues tú eres como ella. Lo único que nos separa es la barriguita, que no has estado aquí dentro. Por lo demás, somos tus padres en todo y para todo». Comentan mis padres que cuando me dijeron estas palabras yo tenía unos siete años. Daban una película donde salía una niña adoptada y aprovecharon para contarme que yo también lo era. Al día siguiente lo confirmé con un «yo soy como esa niña» y, al parecer, me quedé conforme. No recuerdo ese momento, ni la película, ni la cara de expectación que probablemente debieron poner mis padres. Nunca he necesitado recordarlo. Crecí sabiendo que me habían adoptado y jamás supuso un problema para mí.

De hecho, ahora que lo pienso, me encantaba contarlo. «Te pareces mucho a tu padre», «Pues no puede ser porque soy adoptada», contestaba yo sonriendo. «¿Sabes que eres adoptada?» «¡Claro, cómo no lo voy a saber! Mis padres son los mejores del mundo.» Aprovechaba cualquier oportunidad para decirle al mundo que, precisamente por haberme adoptado, mis padres eran especiales. Nuestra relación era única y eso era gracias a la adopción. Yo sentía que me querían más porque les había costado mucho tenerme. Ahora, siendo madre, me doy cuenta de que, en realidad, me querían tanto como los otros padres quieren a sus hijos, pero yo crecí feliz pensando que nuestra relación era verdaderamente especial.

 

Estaba orgullosa de los padres que tenía y quería que todo el mundo lo supiera.

A mi madre no le gustaba tanto que lo fuera contando y, hasta que no fui más mayor, no comprendí sus reticencias. La primera vez que escuché algo que me sorprendió fue el día de mi comunión. Estábamos a punto de entrar en la iglesia y alguien les dijo a mis padres: «Qué suerte ha tenido esta niña de que la encontrarais.» No recuerdo qué le contestaron mis padres y yo no comprendí del todo lo que esas palabras significaban, pero sabía que no era un simple comentario. Ahí fue cuando empecé a hacer más preguntas. ¿Cómo fue? ¿Dónde nací? ¿Qué ocurrió? Y las respuestas fueron llegando, poco a poco, cada vez más amplias, adaptadas a mi edad y, por supuesto, a las necesidades de mis padres.

Porque, aunque yo quisiera respuestas, también debía respetar sus sentimientos, y hay cosas que necesitan madurar. De hecho, a día de hoy, con treinta y nueve años, sigo descubriendo cosas. Supongo que es normal, ellos siempre quisieron protegerme. A lo largo de estos años, mucha gente me ha preguntado por qué no quiero buscar a mis padres de verdad o me han comentado lo buena que soy con mis padres (para ser adoptada), pero los peores comentarios siempre se los hacían a ellos. «Yo no lo haría, ¿qué pasa si os sale mal?», les dijeron cuando me adoptaron, o «es que esta niña no tiene vuestra sangre»… «Fueron muy pocos los que aprobaron nuestra decisión», recuerda con tristeza mi padre.

Es curioso cómo siempre son los de fuera los que nos recuerdan la adopción. En casa preferimos hablar del día que les llamaron diciéndoles que eran padres y se olvidaron de preguntar si era un niño o una niña. Así que cuando la enfermera les entregó aquel bebé tan grandote, moreno y peludo como un mono, pensaron que sería un niño. Sin embargo, dentro de la mantita me encontraron a mí. «¡Pero si es una niña!», gritó mi madre… y, ahí se quedó, inmóvil, hasta que le dijeron «vístela, que va a coger frío». O hablar de aquel otro día que me llevó al pediatra tan abrigada que el primer saludo del buen señor fue «¿no se da cuenta de que la niña no puede ni moverse, que está tiesa?». O de muchos otras anécdotas preciosas que hemos vivido a lo largo de todos estos años.

También ha habido momentos complicados. Jamás olvidaré que mi yo adolescente les llegó a decir que ojalá no me hubieran adoptado. Pero, ¿qué hijo no ha deseado tener otros padres en su época de adolescente? ¿Eso significa que les salí mal? No lo creo. Simplemente, somos como cualquier otra familia en la que hay momentos de amor y desamor. Yo lo he tenido siempre claro, mis padres de verdad son los que cayeron rendidos a los pies de aquel pequeño mono. Ellos son los que me han cuidado y ayudado a ser la persona que soy hoy en día. Las salidas al campo con mi padre, las manualidades con mi madre, su valentía al enviarme a estudiar lejos de casa con catorce años, nuestras conversaciones cuando llegaba a las tres de la madrugada después de salir de fiesta, sus reprimendas, sus consejos,… eso es lo que les ha hecho padres, mis padres.

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4 Comentarios

Tina 24. 06. 2019 - 08:57

Qué preciosidad de historia :-). Y me encanta ver que en las fotos se te ve más feliz a medida que vas creciendo. Un abrazo muy grande.

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Historias que importan 24. 06. 2019 - 12:57

Gracias, Tina. Precisamente ese es un detalle que me gustaría que todos vieran, que mis fotos son las de una niña feliz con una familia de lo más normal. Un beso.

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Rosa 26. 06. 2019 - 14:04

comparto tu historia al cien por cien, yo no supe que era adoptada hasta ser adulta y soy mayor que tú, pero hay muchas cosas que cuentas con las que me identifico plenamente. Y recuerdo todos los días a mi madre -de verdad- tomándome la temperatura con un termómetro antiguo de mercurio cuando tenía fiebre, o curándome las pupas del sarampión, o poniéndome hielo cuando se me cayó una uña, o consolándome cuando pensaba que no aprobaría la carrera… y ésa es mi madre de verdad, siempre lo he tenido claro. No quita para que siempre también haya querido saber quién fue esa otra que me regaló, sabiéndolo o sin saberlo, poco importa, pero sí que me hubiera gustado ver su rostro y no ha sido posible -por ahora-. Y cada día siento que estará más mayor y cada siento que me apetece menos encontrarla. No más. Quizá porque he perdido a la ‘de verdad’, que era la que me importaba. Gracias por compartir.

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Historias que importan 26. 06. 2019 - 14:21

Yo creo que nuestras madres, al final, siempre consiguen hacernos sentir especiales. Siento que hayas perdido a la tuya. Yo nunca he sentido curiosidad por conocer a «la otra». Es curioso, pero no siento esa necesidad. Un abrazo.

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