Desde pequeña supe que era adoptada. Tengo un aspecto muy distinto al vuestro y eso hace que sea algo evidente. Pero, además, en casa siempre se habló del tema con absoluta normalidad. Recuerdo cómo, en lugar de un cuento, le pedía a mi madre que me explicara mi historia. Cuando era niña ser adoptada quería decir, para mí, que no había salido de la barriga de mi madre, sino que mis padres quisieron tener un tercer hijo y me fueron a buscar a China. Cogieron un avión, me conocieron, estuvimos viajando unos días y, finalmente, me trajeron a casa, donde conocí a mis hermanos y al resto de la familia. Sin embargo, los comentarios «curiosos» de la gente hacen que…

Fue a principios de los años noventa, creo que tenía quince o dieciséis años. Por aquel entonces vivía en Ibiza y pasaba los veranos en Galicia, en el pueblo. El primer año, con mi prima, conocimos a una pandilla y pasó lo normal a esas edades. Todo el mundo comentaba, a ver quién te gusta, quién no… Ese año no me junté con nadie, pero al siguiente empecé a salir con un chico del grupo. Éramos «novios» o lo que se pueda considerar que eres a esas edades. Por lo menos en nuestra época, salías con los amigos y, como mucho, te dabas cuatro besos. Y eso hicimos hasta que llegaron las fiestas. El primer día todo fue normal, pero…

Cuando nos conocimos ya le dije a mi marido que me hacía mucha ilusión tener hijos, pero que si por cualquier motivo no podíamos, yo estaba dispuesta a adoptar. Averiguaríamos dónde estaba el problema, pero no permitiría que me acribillaran con agujas. Respeto que otros lo hagan, hay gente que necesita que sean sus hijos. Para mí no era una necesidad, me daba igual que fueran de mi sangre o no. Él, que es muy práctico, me contestó que llegado el momento ya lo miraríamos. Entretanto, no hacía falta darle muchas vueltas. Y no las tuvimos que dar. En cuanto empezamos a probar, casi sin pensarlo, me quedé embarazada; primero del niño y, unos años después, de la niña. Ya…

Me encontraba en la mejor época de la vida. Tenía veintiún o veintidós años, trabajaba, practicaba deporte, estudiaba, salía con los amigos… Llevaba una vida normal y corriente cuando, de repente, me hacen unas pruebas y ven que tengo la tensión muy alta. Lo normal, a esa edad, es estar sobre doce y seis; yo llegaba a veintidós de máxima y catorce de mínima. No era una simple hipertensión, en cualquier momento podía sufrir un infarto. Así que me medicaron y empezaron a hacerme pruebas para saber qué estaba ocurriendo en mi cuerpo. A partir de ahí, todo cambió. Sufría una disfunción renal que me acabaría llevando por un largo camino de pruebas, controles, tratamientos y, finalmente, a un trasplante…

Desde pequeña quise ser médica. Con lo que disfrutaba de verdad era curando a mis muñecas. Es algo que siempre he llevado dentro y que hizo que ya en la escuela fuera un ratón de biblioteca. En cuanto tenía un momento libre me ponía a estudiar. Sabía que para poder hacer Medicina necesitaba sacar la mejor nota posible, y desde muy pronto me centré en lograrlo. No me fue bien. Hice la selectividad y no salió la nota que yo quería. Saqué un 8,3 y la nota media del año anterior estaba en 9,2. Ahí empezó mi desesperación. ¿Qué haría si no era suficiente? Quizá podía irme al extranjero. Aunque no era mi primera opción, no lo podía descartar. Pero,…

Fue un embarazo muy deseado, quería disfrutarlo y así lo hice hasta el día del parto. Estaba muy contenta y me sentía orgullosa de cómo lo había llevado. Tenía mucha suerte, habían sido unos meses buenos. Me había preparado bien y estaba lista para recibir a mi hijo. Jamás me imaginé lo que iba a pasar después. Cuanto más lo pienso, más me cuesta creerlo; es como si todo le hubiera sucedido a otra persona. Por eso creo que, aunque cueste, hay que hablar de ello. Es algo que con el tiempo se relativiza y eso hace que se convierta en un problema invisible. Sé de lo que hablo. Tú quieres decirle a la gente que no estás bien y…

No recuerdo muy bien cuándo empecé. En realidad, lo llevo haciendo toda la vida. Quizá fue hace unos ocho años, en mi pueblo, en Castilla-La Mancha. Vi a unos chicos saltando unas vallas y les pregunté si podía probar. Me enseñaron el salto que estaban haciendo y, sorprendentemente, me salió bien a la primera. Me gustó tanto que en cuanto llegué a casa empecé a buscar vídeos en youtube. Con eso y con lo que iba viendo en las calles de Vigo, poco a poco fui aprendiendo. Y es que esto es algo que tiene el parkour, conocido también como el arte del desplazamiento: una vez que te engancha, ya no puedes parar.

Hasta los catorce años tuve una infancia normal. Era una niña abierta y feliz a la que le gustaba hacer las cosas que hacen todos los críos: salir con mis amigas, jugar, cantar, bailar… Pero, entonces, apareció la sordera. Sufría una hipoacusia mixta bilateral con afección a la cóclea. Mi padre ya estaba completamente sordo y mi hermana también había empezado a presentar síntomas. Sabíamos que era algo hereditario y que nos podía tocar a cualquiera de los siete hermanos, pero eso no lo hacía más fácil. Cuando comienza el proceso sabes que acabarás totalmente sorda. Esperas que no te toque… Yo no tuve esa suerte. Poco a poco fui perdiendo audición y, con ello, parte de una conexión con…

Cuando me dio el primer mareo me encontraba en una situación bastante complicada. Tenía una niña de diecisiete meses, acababa de nacer mi segundo hijo, me estaba recuperando de una cesárea, mi marido viajaba mucho por trabajo y a mi madre le acababan de diagnosticar un cáncer terminal. Estaba aquí, tumbada en el sofá, hablando con mi marido y mi hermana sobre cómo nos íbamos a organizar y, de repente, me empezó a dar vueltas la cabeza. «Estás agotada, eso será del cansancio y el estrés que llevas encima», me dijeron. Y no les faltaba razón, el niño no dormía, me dolía todo y sufría por mi madre, así que podría ser agotamiento. No le di más importancia.

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