Siempre me he dedicado al deporte, en particular a la nieve. Soy profesor de esquí, he participado en competiciones y, en su momento, tuve varias tiendas de material deportivo. Las cosas me iban muy bien hasta que un día me diagnosticaron cáncer, me operaron y, tras varias intervenciones, me quedé con una pierna inutilizada, dos años de recuperación y un negocio que se deshizo en manos de otros. Con cuarenta años me vi obligado a dar un giro a mi vida y decidí que el cambio sería radical. Ya no me interesaban los grandes negocios; quería  vivir tranquilo, sin complicarme la vida. Así que busqué algo pequeño que pudiera hacer con mis manos, algo con lo que quizá unos días…

La gente nunca me creyó. Contaba a todo el mundo que tenía padre, que estaba lejos, pero que lo tenía. Mi madre siempre me hablaba de él y yo lo explicaba orgullosa a mis amigas, «vendrá a buscarme en un avión». Sin embargo, las cosas eran muy difíciles en tiempos de guerra, y pasaron los años y ese avión nunca llegó. Lo único que llegó fueron sus cartas, la última después de empezar la Segunda Guerra Mundial, en 1942. Ahí le perdimos el rastro hasta que, ya de mayor, me puse a leer cada una de sus palabras y sentí que tenía que encontrarle. Necesitaba saber qué había ocurrido, saber por qué no le habíamos vuelto a ver y, quizá,…

Mi vida era perfecta, estaba muy contenta y, pese a tener solo quince años, sabía lo que quería hacer. Me gustaba ayudar a la gente, trabajar en temas sociales, era voluntaria de una asociación de amigos de la gente mayor… Lo tenía todo muy bien organizado y, de repente, apareció la enfermedad y mi vida cambió por completo. Los primeros síntomas empezaron de forma muy sutil. Un día una gota, un día otra y, tras unos meses, al ver que persistía, mi madre decidió llevarme al médico. No fui escandalizada, nadie se altera por una gota de sangre y, de hecho, tampoco me alteré con el diagnóstico. Era muy joven y no entendía qué me decían. Escuché las palabras «colitis…

A veces tengo la sensación de que toda mi vida ha sido salir de una y meterme en otra. Trabajas y trabajas, luchas a diario por seguir adelante, pero parece que todo lo malo te pase a ti. He llegado a un punto en que soporto menos las tonterías de los demás. Mira que me gusta escuchar y ayudar, pero según qué cosas me superan. Cuando ves lo bien que les van las cosas a otros y se siguen quejando…No es justo. Incluso he llegado a pensar que ya le podría haber tocado a otro y no a mi madre. No le deseo mal a nadie, sé que no está bien decir eso, pero me da rabia que me haya…

Escuchar la palabra «huérfano», «orfanato» o «casa de acogida» nos llena la cabeza de ideas preconcebidas. La gente se imagina grandes edificios en los viven niños y jóvenes problemáticos procedentes de familias rotas que reciben un trato al más puro estilo militar y que, por razones que todos creen evidentes, acabarán siendo adultos sin futuro alguno. Nadie lo dice en voz alta, pero esto es lo que la mayoría piensa. Sin embargo, la realidad es muy distinta. Los huérfanos y los niños que no tenemos a nadie en quien apoyarnos podemos hacer cosas, y esos centros nos ofrecen una oportunidad que quizá de otro modo no tendríamos.

«Bueno, tampoco llegaste a conocerla, no es para tanto», «no tardéis mucho en repetir», «sois muy jóvenes, ya tendréis otro». Estas son algunas de las frases que oímos a diario los padres que hemos pasado por la dura experiencia de un aborto. Así, camuflados entre palabras bien intencionadas, cada día recibimos mensajes que nos rompen el corazón, mensajes que se espera que acojamos con una sonrisa, quizá incluso con un agradecimiento. El problema es que todo eso son solo palabras, consejos que no hemos pedido y, sobre todo, afirmaciones que no se acercan para nada a la realidad. Porque aunque solo la tuviera unas semanas dentro de mí o unos segundos encima o mi marido solo la pudiera coger en…

Lo tuve claro desde muy pequeño, quería ser alguien importante y, para lograrlo, tenía que salir de allí. Mi padre se fue de casa cuando yo era muy pequeño y en Senegal no tenía a nadie que me apoyara o me pudiera ofrecer una oportunidad. Así que, cuando cumplí los dieciocho años, le dije a mi familia que me iba a Europa. Intentaron hacerme cambiar de opinión, era muy joven y el hecho de que viajara solo les preocupaba. Pero yo sabía que no estaría solo, encontraría a más gente en el camino. Éramos muchos los que queríamos una vida mejor. Además, tampoco iba a ser un viaje tan largo, en unos tres meses habría llegado a mi destino. Vendí…

Mi padre, aunque venía de una familia humilde y no le pudieron pagar unos estudios, sabía hacer muchas cosas y aprendió el oficio de barbero. Quería abrir una barbería. Así que, cuando se casó, mis abuelos le ofrecieron un local. Pero, al hablarlo con mi madre, pensaron que si aceptaban nunca sería de su propiedad, por lo que decidieron ahorrar para comprarse algo que fuera suyo. Hizo entonces lo que hacía la mayoría de hombres gallegos, buscar un barco donde trabajar como marinero. Embarcó a principios de noviembre de 1965, cuando yo tenía apenas unas semanas, y el seis de febrero de 1966, cuatro meses después, el barco chocó contra otro y se partió en dos. Tardó veinte minutos en…

La primera vez que participé en un ball de bastons, o baile de bastones, tenía once años. En el pueblo se creó una colla de bastoners adultos, es decir, un grupo, y nos preguntaron a mis amigas y a mí si queríamos probar. Me gustó tanto que me quedé, y durante unos tres años recorrí pueblos de distintas comarcas bailando y participando de nuestra cultura. Pero, entonces, llegó la adolescencia y con ella una depresión que hizo que lo dejara todo de lado y que mi vida se quedase parada durante siete años. Lo bueno del baile y la música, sin embargo, es que no se te olvidan y te dejan un bonito recuerdo. Cuando me recuperé, en seguida supe…

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