No pido mucho, solo quiero vivir tranquila

01. 12. 2019

A veces tengo la sensación de que toda mi vida ha sido salir de una y meterme en otra. Trabajas y trabajas, luchas a diario por seguir adelante, pero parece que todo lo malo te pase a ti. He llegado a un punto en que soporto menos las tonterías de los demás. Mira que me gusta escuchar y ayudar, pero según qué cosas me superan. Cuando ves lo bien que les van las cosas a otros y se siguen quejando…No es justo. Incluso he llegado a pensar que ya le podría haber tocado a otro y no a mi madre. No le deseo mal a nadie, sé que no está bien decir eso, pero me da rabia que me haya pasado esto a mí, a mi familia, a mi madre; no nos lo merecíamos. Pero, ¿qué voy a hacer? Lo único que sé hacer es seguir enfrentándome a las cosas como ella me enseñó.

Mi vida nunca ha sido fácil, siempre he estado mala y todo me ha costado mucho más que al resto. Pero, gracias a mi carácter y, sobre todo, al apoyo de mi madre, he conseguido salir adelante. Nací con una luxación de cadera y con los ejercicios de recuperación me rompieron la cabeza del fémur. No caminé bien hasta los cuatro años y a lo largo de mis treinta y siete años me han tenido que operar cuatro veces. Además, en mi infancia, a los aparatos y escayolas se unieron también mis problemas con los oídos. Me supuraban y olían mal y eso no era algo que pasara desapercibido en la escuela. Durante toda la educación básica, los niños se metieron conmigo y se rieron de mí.

Retrato de una mujer con una sonrisa dulce pese a lo dura que ha sido la vida con ella. Lleva unas gafas rojas y el pelo teñido de color caoba.Pese a ello, no lo recuerdo como algo horrible. Mi madre era una gran luchadora. Se plantaba en la escuela y los ponía a todos firmes, fueran niños o no. Yo me apoyaba en su energía. Mira que nos peleábamos y chocábamos mucho, pero siempre fue mi consejera y mi apoyo moral. Ella me ayudó con mis discapacidades, con mis estudios e incluso con mi divorcio. Porque aunque durante unos años las cosas me fueron bien tanto en lo personal como en lo laboral, de la noche a la mañana todo cambió. Mi exmarido había perdido en el juego todo nuestro dinero . Y yo, que nunca había debido nada, pasé de vivir en mi propia casa y en pareja a dormir otra vez en mi cama de adolescente y a estar endeudada hasta arriba con créditos y préstamos y amenazada por el cabecilla de la banda que le había prestado dinero. Fue un revés muy duro, pero no me faltaba trabajo y ella estaba ahí, apoyándome como siempre. No necesitaba nada más.

Ahora, sin embargo, las cosas ya no son tan fáciles. Mi madre ya no está. Murió hace cinco años, y con su muerte mi vida dio un giro drástico. Yo me había vuelto a casar y ella se acababa de jubilar, deseaba poder ejercer de abuela de mi primer hijo. Era el momento en que parecía que más podría disfrutar de la vida, pero se fue y yo me quedé sin mi pilar cuando más lo necesitaba, pues la vida me la volvió a jugar. Mi hijo acabaría teniendo un retraso madurativo y un trastorno de atención grave y su hermano, que nació hace un año, también tiene problemas. Todo esto habría sido mucho más fácil de llevar si tuviera una madre al lado.

El dolor que sientes en el pecho cuando te levantas lo tienes tú, no los demás. No sirve que te digan «ya pasará, tranquila». Me siento sola.

Lo teníamos todo tan bien organizado. Mi padre recogería a los niños, se los dejaría a mi madre y yo tendría un poco de tiempo para ocuparme de mi salud. Todo se fue al traste. Un mes después de jubilarse ingresó en el hospital y ya no volvió a casa. Me quedé sola. No tengo con quien dejar a mis hijos ni tiempo para cuidarme. «Primero va lo primero y luego lo segundo», dice mi padre, pero lo primero, o sea yo, queda siempre para el final. Lo intenté, fui a un grupo de duelo y a otro de depresión, y estuve de baja dos años. Me fue bien, algo ayudó, pero con los terapeutas de los niños, la casa y el trabajo es imposible llevar la vida tranquila que me dicen los médicos que debería tener. Si por lo menos estuviera ella…

Pero no está y su marcha me ha cambiado por completo. Me he vuelto más cascarrabias y más intransigente, y muchos días siento que no puedo con todo. Esto es lo que más me ha costado aceptar; si siempre he podido, ¿por qué ahora no? Llega un momento en que son tantas las cosas con las que has de cargar… Quieres ser tú, pero ya no lo eres. Te has transformado en otra persona, con sus cosas buenas y sus cosas malas. No pido mucho, solo quiero vivir tranquila. Pero así es la vida. Aquí estoy, pagando las deudas de otros, trabajando para poder llegar a final de mes y preguntándome cómo lo haré a partir de que el niño cumpla cinco años y la educación especial sea de pago. Es una situación que antes la hubiera sobrevivido mejor pero, desde que no está mi madre, pues lo llevo peor. Iré sacando fuerzas, no me queda otra, pero me tomará mi tiempo.

Creo que me gustan tanto las cosas de Disney porque me sirven para evadirme de la vida que me ha tocado vivir. Es como mi refugio.

 

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