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  • Fue un embarazo muy deseado, quería disfrutarlo y así lo hice hasta el día del parto. Estaba muy contenta y me sentía orgullosa de cómo lo había llevado. Tenía mucha suerte, habían sido unos meses buenos. Me había preparado bien y estaba lista para recibir a mi hijo. Jamás me imaginé lo que iba a pasar después. Cuanto más lo pienso, más me cuesta creerlo; es como si todo le hubiera sucedido a otra persona. Por eso creo que, aunque cueste, hay que hablar de ello. Es algo que con el tiempo se relativiza y eso hace que se convierta en un problema invisible. Sé de lo que hablo. Tú quieres decirle a la gente que no estás bien y …

  • No recuerdo muy bien cuándo empecé. En realidad, lo llevo haciendo toda la vida. Quizá fue hace unos ocho años, en mi pueblo, en Castilla-La Mancha. Vi a unos chicos saltando unas vallas y les pregunté si podía probar. Me enseñaron el salto que estaban haciendo y, sorprendentemente, me salió bien a la primera. Me gustó tanto que en cuanto llegué a casa empecé a buscar vídeos en youtube. Con eso y con lo que iba viendo en las calles de Vigo, poco a poco fui aprendiendo. Y es que esto es algo que tiene el parkour, conocido también como el arte del desplazamiento: una vez que te engancha, ya no puedes parar.

  • Cuando me dio el primer mareo me encontraba en una situación bastante complicada. Tenía una niña de diecisiete meses, acababa de nacer mi segundo hijo, me estaba recuperando de una cesárea, mi marido viajaba mucho por trabajo y a mi madre le acababan de diagnosticar un cáncer terminal. Estaba aquí, tumbada en el sofá, hablando con mi marido y mi hermana sobre cómo nos íbamos a organizar y, de repente, me empezó a dar vueltas la cabeza. «Estás agotada, eso será del cansancio y el estrés que llevas encima», me dijeron. Y no les faltaba razón, el niño no dormía, me dolía todo y sufría por mi madre, así que podría ser agotamiento. No le di más importancia.

  • Hace cinco años mi vida era muy normal, como la de cualquier otra persona. Era una estilista dedicada al mundo de la moda a quien las cosas no le podían ir mejor. Había comenzado a los veintiún años y, tras veinte años, tenía un negocio más que establecido. Mi tienda de ropa y complementos funcionaba muy bien y cada vez me solicitaban más servicios de estilismo; tanto, que decidí cerrar la tienda y dedicarme solo a la asesoría de imagen, que era lo que más me gustaba. Me encontraba en un momento perfecto. Entonces, en medio de ese cambio, empezaron a surgir problemas en mi familia y llegó una etapa muy oscura que nos envolvería por completo durante más de …

  • De pequeño era un bala perdida. Todavía recuerdo los días de escuela en que salía de casa con la mochila y, una vez veía salir a mi madre, regresaba, tiraba la bolsa a mi habitación por la ventana (que ya había dejado convenientemente abierta) y me iba a jugar al muelle, donde me juntaba con otros niños. Y, mientras, mi pobre madre creía que estaba en clase… Nunca me gustó estudiar pero, ¿sabes?, siempre he tenido algo bueno: he sido muy curioso y, cuando algo me gusta, me ilusiono y ya no lo dejo. Aunque no he tenido estudios, siempre me he implicado mucho en todo lo que he hecho.

  • Empecé con la escritura en 1960, a modo de desahogo. Nadie me había enseñado a escribir poesía. Aunque fui unos años a la escuela, lo único que recuerdo de esa época es que las tres profesoras que teníamos se pasaban el día charlando. Así que mis textos son los de una persona que no tiene estudios, llenos de faltas de ortografía. Pese a ello, nunca dejé de lado mis libretas. No podía; durante muchos años ellas y las letras que dejaba plasmadas en sus páginas me ayudaron a seguir adelante y a escapar de la vida que me había tocado vivir. 

  • Mis padres son suizos. Mi madre nació en Suiza y mi padre se hizo el pasaporte allá por 1974, cuando yo tenía cuatro años. Hasta entonces, él había sido español y yo también, pero decidió renunciar a su nacionalidad. Nunca me ha dicho qué motivó su decisión. Quizá, al empezar una nueva vida, quiso cortar y empezar de cero. No lo sé. Sin embargo, esa semilla española ya estaba dentro de mí y nunca se fue. Al contrario, fue creciendo cada vez más hasta que, cuando ya fui mayor de edad, conseguí recuperar mi pasaporte. Desde entonces, soy española y suiza, en ese orden.

  • La tienda la abrieron en 1975 dos hermanas, Marta y María Ángeles, y se llamó Etcétera porque la idea era que abarcara diferentes secciones como juguetes, papelería y, ya en 1976, libros. Y así funcionó hasta 1987 cuando, tres años después de habérnosla quedado mi mujer y yo, decidimos dar el salto y dedicarnos únicamente a los libros. En aquel momento nos trataron de locos. «¿Cómo vais a vender solo libros?», nos decían. Nadie lo entendía, pero nosotros estábamos seguros de que especializarse era la mejor opción y, contra todo pronóstico, aquí seguimos treinta y un años después. 

  • No recuerdo muy bien a qué edad tenía cuando empezaron a hacerme pruebas. Por lo que me han contado mis padres, en primaria ya me vio la psicóloga del colegio y empecé una terapia con la logopeda y esta, posteriormente, me derivó al psiquiatra. Sin embargo, yo no tuve memoria de todo esto hasta más adelante, ya con once o doce años. Y es que, en realidad, para mí no era un problema. De hecho, hoy en día, con dieciocho años, sigo pensando que no es algo fuera de lo habitual. El déficit de atención e hiperactividad, es decir, el TDAH, forma parte de mí y yo no veo que pueda hacer menos cosas que los demás. No me limita.