Mucho antes de lo esperado

05. 05. 2019

Me encontraba en la mejor época de la vida. Tenía veintiún o veintidós años, trabajaba, practicaba deporte, estudiaba, salía con los amigos… Llevaba una vida normal y corriente cuando, de repente, me hacen unas pruebas y ven que tengo la tensión muy alta. Lo normal, a esa edad, es estar sobre doce y seis; yo llegaba a veintidós de máxima y catorce de mínima. No era una simple hipertensión, en cualquier momento podía sufrir un infarto. Así que me medicaron y empezaron a hacerme pruebas para saber qué estaba ocurriendo en mi cuerpo. A partir de ahí, todo cambió. Sufría una disfunción renal que me acabaría llevando por un largo camino de pruebas, controles, tratamientos y, finalmente, a un trasplante de riñón que llegó mucho antes de lo esperado.

El diagnóstico no fue rápido. Enseguida supieron que se trataba de un problema renal, pero determinar qué lo estaba causando fue mucho más complejo. Al parecer, el noventa por ciento de las enfermedades renales son desconocidas. Y en mi caso no fue distinto. No sabían qué estaba pasando; lo único que podían hacer era tratar la hipertensión y esperar que yo mejorara. No mejoré, más bien fue lo contrario, empeoré. Así que tuvieron que someterme a la única prueba que todavía no me habían realizado hasta entonces, una biopsia. Me derivaron a Barcelona y allí le pudimos poner nombre a lo que me estaba sucediendo. Sufría una glomerulonefritis renal, lo que significaba que mi riñón se estaba secando. «Esta enfermedad tiene una cosa buena y otra mala», me dijeron. «La buena es que normalmente evoluciona de forma muy lenta; la mala es que, como no suele dar problemas hasta una edad más avanzada, no se investiga.»

Te preguntas qué puedes hacer, pero en realidad no puedes hacer nada. Es una enfermedad autoinmunitaria y no depende de ti, no puedes controlar tu cuerpo.

salud, superación, jóvenes, trasplante renal

Eso quería decir que podían tratar los síntomas, pero no la enfermedad en sí. Lo bueno era que en la mayoría de los casos tardaba años en dar problemas. Crucé los dedos para no ser la excepción… No hubo suerte… Parecía que, cuanto más me cuidaba, más rápido evolucionaba la enfermedad. Llegó un momento en que me encontraba tan mal que debía escoger entre hacer deporte o ir a trabajar. Había días en que no me podía levantar de la cama. Me daban unos dolores tan fuertes que me tenía que meter en la bañera con agua caliente para calmar el dolor. Se lo decía a los médicos pero, como los análisis salían bien, me decían que todo estaba normal. Sin embargo, yo no podía más. Tras unos meses se dieron cuenta de que mi cuerpo había estado avisando. Mi riñón se encontraba al límite, su capacidad ya de por sí mermada se había reducido en un treinta por ciento. La enfermedad había progresado tan rápido que o me hacían un trasplante o debería someterme a diálisis.

En esos momentos fue fundamental contar con el apoyo de los míos. Mis padres y mi mujer siempre estuvieron ahí. Sin ellos, nada de esto hubiera merecido la pena.

Yo no quería que nadie me donase un órgano. Mi madre era compatible, pero yo no podía aceptar que alguien pasara por el quirófano por mi culpa. Discutimos muchas veces, y discutiendo estábamos cuando sucedió lo que, de forma inesperada, me hizo cambiar de opinión. Estaba en mi cuarto la señora que limpiaba las habitaciones. Yo insistía en la diálisis. ¿Tan difícil era de entender? No quería que nadie sufriera por mí. Entonces, esa señora que yo no conocía de nada me miró muy seria y me dijo: «Niño, tú no sabes dónde te estás metiendo.» Sus palabras se me quedaron grabadas. Ella veía a diario a personas sometidas a diálisis, sabía de qué hablaba. Me convenció, y a los veintinueve años me hicieron un trasplante de riñón. La operación no fue sencilla, le siguieron dos intervenciones más por hemorragia y estuve casi un mes ingresado y sin moverme. Sin embargo, gracias a ello, siete años después estoy aquí y, además, ¡soy padre!

Se podría decir que mi vida es ahora más o menos «normal», por lo menos hasta donde la enfermedad me permite. No es algo que se vea a simple vista, pero como trasplantado tienes ciertas limitaciones. Tomas muchos medicamentos, debes acudir a revisiones cada tres meses –cada dos semanas en los primeros años–, cualquier enfermedad supone un peligro y, en mi caso, también sufro dolor crónico debido a la operación. Hace quince años que no sé lo que es que no me duela nada… Sin embargo, aprendes a vivir con ello. Relativizas las cosas, de lo contrario no puedes soportarlo, te agotas. No siempre pensé así. De hecho, cuando me recuperé de la cirugía empecé a hacer muchas cosas. Tenía miedo a parar, temía que, si lo hacía, volvería a enfermar. Por suerte, pronto me di cuenta de que no podía seguir por ese camino. La enfermedad da miedo, pero no puedes estar pensando en ella todo el día. Debes aprovechar la vida, pasar todo el tiempo que puedas con los tuyos y no preocuparte tanto por cosas que no sabes si van a llegar o no.

Un trasplante tiene fecha de caducidad, tanto puede durar veinte años como uno. Mientras dure, me lo voy a tomar bien.

salud, superación, jóvenes, trasplante renal

 

No te pierdas estas otras historias

Únete a la conversación