Eres un simple número

28. 04. 2019

retrato, fuga de cerebros, mujer, médicoDesde pequeña quise ser médica. Con lo que disfrutaba de verdad era curando a mis muñecas. Es algo que siempre he llevado dentro y que hizo que ya en la escuela fuera un ratón de biblioteca. En cuanto tenía un momento libre me ponía a estudiar. Sabía que para poder hacer Medicina necesitaba sacar la mejor nota posible, y desde muy pronto me centré en lograrlo. No me fue bien. Hice la selectividad y no salió la nota que yo quería. Saqué un 8,3 y la nota media del año anterior estaba en 9,2. Ahí empezó mi desesperación. ¿Qué haría si no era suficiente? Quizá podía irme al extranjero. Aunque no era mi primera opción, no lo podía descartar. Pero, ¿y si fuera tampoco me admitían? Durante semanas, mi cerebro fue un remolino, me sentía tan perdida…

Para mi sorpresa, me aceptaron. Ese curso, la nota media bajó y entré en la Universidad de Santiago. No podía sentirme más feliz, lo había conseguido, sería cirujana en España. Solo me quedaban seis años de carrera y uno para preparar el examen de médico interno residente. Sabía que debería esforzarme mucho, pero no me importaba. Tenía claro que ese era mi sitio, y durante los años siguientes no hice más que estudiar y buscar la forma de ir practicando lo aprendido. Trabajé como voluntaria en una asociación de estudiantes de medicina, hice prácticas de cirugía, me fui de intercambio a Australia… Cuando no tenía la cabeza sumergida en un libro, tenía el cuerpo enfundado en una bata blanca. Por muy cansada que estuviera, no dejaba pasar ni una oportunidad. En el futuro, todo eso me iba a servir o, por lo menos, eso creía hasta que me topé con la realidad: el famoso MIR.

mujer, retrato, superación, esfuerzoA nadie le interesaba si había hecho trabajos sociales o si mis prácticas habían sido impecables. Lo único que importaba era la nota que sacara en un examen teórico de cinco horas. Toda tu vida estudiando y te la juegas en un solo día. Y no solo eso, sino que dependiendo de la especialidad que quieras hacer sabes que va a ser prácticamente imposible conseguir una plaza. En mi curso fuimos casi catorce mil personas para seis mil setecientas cincuenta plazas generales y seiscientas cuarenta y cinco en cirugía. Ahí se decide el futuro de muchas personas… y ahí se decidió el mío. Saqué una buena nota, pero aun así no bastó. El día que me tocó escoger solo quedaban tres plazas y tenía por delante a más de cien personas. Cuando me llegara el turno ya no iba a quedar ninguna plaza en cirugía. Decidí no presentarme.

Todos me decían que era muy inteligente y que me iría bien, y les creí. Pero eso también hizo que yo me presionara mucho más, sentía que no podía defraudarles.

Tras tanto esfuerzo no iba a poder cumplir mi sueño, pero no estaba dispuesta a hundirme delante de todo el mundo. La asignación de plazas es como en una charcutería. Te llaman por tú número, te levantas y entras en una salita. Entonces dicen tu nombre y la especialidad que has escogido, y le das a un botón para confirmar tu elección. Sabía que eso hubiera sido una humillación para mí porque no podría elegir lo que tanto deseaba, así que no fui. Fue tan duro que todavía me cuesta hablar de ello. Incluso llamé a mis padres y les pedí perdón por haberles fallado… Por suerte, ellos me apoyaron e insistieron en lo orgullosos que estaban de ver hasta dónde había llegado. Fueron unos meses muy complicados, pero no me di por vencida. Sabía que en Alemania el sistema era distinto, podías acceder a través de una entrevista personal. Así que me puse a estudiar alemán.

Durante seis meses estuve estudiando como si del MIR se tratara, aprobé el examen y me mudé. Primero había tratado de buscar trabajo desde España, pero fue imposible. Así que me vine y después de enviar muchos currículums y solicitar entrevistas en persona, finalmente me llamaron del hospital donde trabajo. Me hicieron la entrevista y unas pruebas y, tras unos meses y muchos papeleos, me ofrecieron mi contrato como residente. De eso ya hace tres años… Cuando lo cuento se ve fácil, pero no lo es. Dejar tu casa, vivir otra cultura, desenvolverte en otro idioma y tener que perseguir tus sueños hasta tan lejos no es algo a lo que te adaptes en dos días. Sin embargo, no puedo sentirme más agradecida. Aquí no soy un simple número, aquí valoran la pasión e incluso las actividades que hice como voluntaria en mi época de estudiante. Así que aquí me di cuenta de que todos mis veranos metida en un quirófano en lugar de en la playa valieron la pena. Me alegro de no haberme rendido.

Yo no vine a Alemania para ganar más dinero, vine por necesidad. Era mi única opción.

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