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  • Desde bien pequeño me interesó el deporte. Mi hermano jugaba al baloncesto y yo quería seguir sus pasos. Así que a los ocho años entré en el equipo del colegio. Al principio no destaqué mucho, pero fui aprendiendo y todo cambió. El deporte se convirtió en algo muy importante para mí, no solo por la competición y el extra de adrenalina que te genera, sino por todo lo que ha acabado suponiendo para mí a nivel personal. Cuando uno es niño, lo más normal es tener grandes sueños, ¿qué niño no ha soñado con jugar en la NBA? Sin embargo, con el tiempo te das cuenta de que el deporte te ayuda a crecer.

  • Soy gorda, siempre he sido gorda y seguramente nunca dejaré de serlo. Nací con casi cinco kilos, crecí como una niña grande, fui una adolescente grande, me casé igual de grande y fui una madre grande. Siempre fui muy consciente de mi físico y eso quizá hizo que no me traumatizara tanto; por lo menos hacia fuera. También hubo críticas, etiquetas, consejos y todo lo que te puedas imaginar, pero siempre traté de que no me afectara. Fui esa niña rellenita y simpática que, aparentemente, no tenía ningún problema. «Tienes suerte, lo llevas muy bien», «Tú te arreglas mucho, estás muy guapa», me decían. Todos aceptaban mi gordura y yo hacía ver que también.

  • La primera vez que acudí a una terapeuta tenía diecisiete años. En aquellos momentos estaba inmersa en una relación bastante complicada y empezó a aparecer la ansiedad. Aunque, en realidad, nadie supo decirme qué era. Creían que sufría depresión. Pese a ello, la terapia funcionó bastante bien. Estuve dos años y, cuando ya creíamos que estaba recuperada, seguí con mi vida. Acababa de empezar la carrera y estudiaba lo que me gustaba. Salvo por algunos pequeños momentos en que ese estado de nerviosismo parecía que quería hacer acto de presencia, las cosas me iban muy bien. Ya sabes, cuando eres estudiante te sientes libre y crees que puedes comerte el mundo. Sin embargo, cuando por fin cumplí uno de mis …

  • Estaba tan oscuro y llovía tanto… Pese a la alegría de haberlo logrado, sentí una soledad muy grande. «¿Ahora, qué?», pensé. Teníamos puesta nuestra esperanza en el hermano de nuestra compañera de viaje, por lo menos esa noche. Su primera reacción fue de sorpresa. Éramos muchos y no cabíamos todos en el coche. En caso de que aceptara, deberíamos coger un taxi. Pero yo no podía. Ya me habían quitado cien dólares en Miami y no debía gastar más dinero. Por suerte, el señor tenía corazón de colombiano auténtico. No solo nos dejó quedarnos una noche en su casa, sino que volvió a por nosotros. Dios le bendiga, gracias a él no tuvimos que pasar ni una noche en la …

  • Mi historia empieza en el momento en que decidí venir a Europa, en septiembre de 1998. Lo recuerdo muy bien porque era una época de mi vida en la que me encontraba saturada. No sé si llamarlo depresión, pues entonces no se conocía. Sentía que el lugar donde vivía se me quedaba pequeño y que necesitaba salir de allí, pero no tenía dinero. Ganaba lo justo para ayudar a mi esposo. Aun así, soñaba con irme a España. No me conformaba con Estados Unidos, que era adonde la mayoría de la gente emigraba; yo quería irme más lejos.

  • Me fui a estudiar fuera de España obligada por el sistema. Hacía años que sabía que quería ser comadrona, pero aquí es muy complicado especializarse. Primero debes aprobar una oposición y después hacer la residencia. Aunque el proceso está bien pensado, salen tan pocas plazas que es casi imposible lograrlo. La última vez que hice el examen conocí a una chica que se presentaba por undécima vez. Ese fue el momento en que decidí que me iría a estudiar a otro país. Jamás hubiera pensado lo difícil que podía ser vivir en el extranjero, ni qué decir de lo complicada que resultaría la vuelta.

  • Era muy frustrante; pese a hacer lo mismo que hacían los demás, no alcanzaba los objetivos. Por más que estudiara e hiciera los deberes, no me iba bien. No lo entendía, ¿cómo era posible? ¿Por qué ellos sí y yo no? Mis padres me decían que no me preocupara y me ofrecían alternativas, pero en la escuela opinaban de otro modo. Allí me aseguraban que no tenía ningún problema. Incluso me hicieron un test de inteligencia y la psicóloga dijo que les tomaba el pelo. Consiguieron que perdiera las ganas de asistir a clase… ¿Por qué iba a ir si me reprochaban que lo hacía mal?

  • La familia lo era todo para él, pero conmigo tenía una obsesión que nunca tuvo con mis hermanas. El motivo nunca lo supe, quizá porque yo era la mayor o por mi modo de ser o por cualquier otra razón que ya nunca sabré. De lo que sí soy totalmente consciente es de que fue demasiado estricto. Con perspectiva, he visto que hay cosas que quizá debería agradecerle. Puede que sin él no hubiera llegado hasta aquí; siempre estuvo detrás de mí, insistiendo para que siguiera adelante. Sin embargo, crecí con miedo y ningún niño debería temer a su padre.

  • Las cosas nos iban bien; teníamos una vida de lo más normal. Mi marido era el encargado de la acequia del pueblo y yo me ocupaba de los niños y las tareas del hogar. Nunca había tenido que trabajar mucho; en mi familia éramos tres chicos y yo, así que siempre fui la niña de la casa. Y ya cuando me casé, mi madre me ayudaba en muchas cosas. Así que, con el trabajo de mi marido y algunas tierras que teníamos, nos apañábamos. Pero el verano de 1952 las cosas cambiaron, Manuel sufrió un accidente.