La «temida» depresión

27. 01. 2019

depresión, ansiedadLa primera vez que acudí a una terapeuta tenía diecisiete años. En aquellos momentos estaba inmersa en una relación bastante complicada y empezó a aparecer la ansiedad. Aunque, en realidad, nadie supo decirme qué era. Creían que sufría depresión. Pese a ello, la terapia funcionó bastante bien. Estuve dos años y, cuando ya creíamos que estaba recuperada, seguí con mi vida. Acababa de empezar la carrera y estudiaba lo que me gustaba. Salvo por algunos pequeños momentos en que ese estado de nerviosismo parecía que quería hacer acto de presencia, las cosas me iban muy bien. Ya sabes, cuando eres estudiante te sientes libre y crees que puedes comerte el mundo. Sin embargo, cuando por fin cumplí uno de mis mayores sueños, descubrí que no solo no tenía la ansiedad bajo control, sino que venía acompañada de la «temida» depresión.

Conseguí una beca para viajar a Japón. Era un país que siempre me había atraído mucho y, finalmente, pude ir a estudiar allí durante un año. Lo tenía completamente idealizado, ¿quién no idealiza sus sueños? Las primeras semanas no me defraudaron, fueron fantásticas. Pero después de ese primer flechazo llegó la rutina y, con ella, la soledad. El día a día se me hizo muy duro y allí no tenía a nadie con quien hablar. Poco a poco me fui refugiando más y más horas en mi habitación. Echaba de menos a mi gente y con la diferencia horaria solo podía llamarlos por la noche. Así que me quedaba despierta hasta bien entrada la madrugada y dormía de día. Esos horarios y el hecho de sentirme cada vez más sola y aislada hicieron que entrara en un estado depresivo que me acompañaría durante un buen tiempo.

No quería molestar con mis problemas a la gente que acababa de conocer y no podía hacer como que todo iba bien. Lo fácil era quedarme allí encerrada.

soledad, depresiónAl finalizar el año regresé a Barcelona. Volvía a casa. Todos los problemas se iban a solucionar, o eso creía. Cuando vuelves a tu país piensas que todo seguirá igual, tus amigos, la universidad, el trabajo, tu querida ciudad… todos te estarán esperando. Pero, no, la realidad es muy distinta. Tus compañeros han seguido con su vida, algunos ya han terminado la carrera, otros estudian un máster… Nada sigue como lo dejaste y menos si el país está sumido en una crisis. Fue un golpe muy duro. En un año terminaba la carrera de Historia del Arte y no sabía qué hacer con mi vida. Si ya no era posible encontrar trabajo como estudiante, ¿cómo iba a encontrar algo en un sector que ya de por sí había sido siempre muy cerrado y elitista? Veía el futuro muy incierto…

depresión, ansiedad, superaciónMe sentía tan perdida que las crisis empezaron a aparecer cada vez más a menudo, en clase, en el grupo de teatro… no podía controlarlas. Incluso me puse a llorar en la presentación del trabajo de fin de grado. La ansiedad es algo muy complejo. Todo es negativo. Sientes que eres patética. La parte negativa le habla con superioridad a la positiva, como si tratara de hacerla pequeña y ridiculizarla. Es muy complicado de gestionar. Ahora trato de respirar profundo y neutralizar esos pensamientos. Con las últimas terapias he aprendido a controlarlo un poco. Pero en aquel entonces ni tan siquiera había oído hablar del trastorno. Fueron unos años muy duros.

No sabía qué me pasaba, no me apetecía hacer nada, no me sentía motivada. Había terminado la carrera y no encontraba trabajo. Buscaba algo de lo que fuera, pero era imposible. Tan solo encontré cosas temporales que no llegaban a los cuatrocientos euros mensuales. Era muy frustrante. Estaba tan mal que me tuvieron que medicar. Ahí, sí, ya sufría depresión. Los antidepresivos me fueron muy bien y, cuando finalmente decidimos mudarnos a Alemania, ya los pude dejar. La verdad es que yo vine con reticencias, y más después de la experiencia de Japón. Sin embargo, mi doctora me dijo que ya estaba bien. Así que esta vez todo iba a ser más fácil. Lo fue durante los primeros meses. Ya sabes, la euforia inicial. Todo es nuevo, estás estudiando otro idioma, conoces gente nueva…

Lo complicado fue, de nuevo, buscar trabajo. Una vez más aparecieron las dudas y el «qué haré con mi vida» y, con ellos, la ansiedad y la depresión. Además, me sentía enfadada con mi doctora. ¿Por qué me había dicho que estaba bien si no era verdad? No podía volver a estar mal. Pero estos trastornos son así. Hoy estás bien y mañana no, y te toca convivir con ello. Es muy difícil controlar tu mente. Para que me entiendas, la depresión es como un conjunto de sentimientos que te transforman. Tienes la sensación de que no sirves para nada. Tu existencia no tiene ninguna importancia en este mundo. No entiendes por qué has nacido. Y lo peor es que todo esto te parece como muy lógico, lo racionalizas. Son teorías que en tu mente son muy reales. ¿Por qué nadie me preguntó si quería nacer? ¿Para qué llegué si mientras vivo estoy sufriendo?

En general, hay buena intención. Intentamos aconsejar al enfermo, decirle qué puede hacer… pero, en realidad, no podemos ofrecerle ninguna solución. De hecho, la persona enferma ya habrá pensado todo lo que tú le puedas aconsejar.

Pese a que la vida te da cosas buenas, cuando no sabes qué hacer con ella, esas pequeñas alegrías dejan de importar. Y todo esto es muy duro para las personas que conviven contigo. ¿Te imaginas que la persona a la que quieres te dice que esta vida no le llena? Para ellos es un proceso de aprendizaje. Tienen que hacer un esfuerzo muy grande para comprenderte. La comunicación es fundamental. Necesitas que te escuchen y te comprendan. No es fácil. Además, a ti misma te cuesta creer que alguien que te quiere no te dejará porque estés enferma. Nos enseñan que debemos estar bien para los demás y que si no lo estamos se cansan de nosotros. Así que acaba siendo un trabajo por ambos lados. Yo he tenido suerte. Ha sido un proceso duro, pero mi pareja se ha esforzado mucho. De hecho, fue él quien me encontró una terapeuta aquí en Alemania.

A ella acudí una vez que se me pasó el enfado. Porque sí, de esto se puede salir, pero nunca sola. Siempre se necesita ayuda. No obstante, tú también tienes que poner de tu parte. En mi caso, yo tenía claro que quería estar bien y que haría todo lo necesario para lograrlo. Volver a tomar antidepresivos, ir a terapia, hacer todo lo que mi terapeuta me dijera,… lo que fuera para seguir adelante y superarlo. En realidad, la ansiedad siempre seguirá ahí, en un segundo plano. Pero gracias a mi psicóloga he aprendido a cuidarme, respetarme y, si el cuerpo me lo pide, parar. Hay que confiar en el futuro y tener paciencia; somos muchos los que hemos conseguido salir de esto. Siempre hay días malos, pero la depresión y la ansiedad no te definen. Eres mucho más que eso. También tienes cosas buenas que aportar. Merece la pena estar bien.

Ahora estoy en un buen momento. Tengo trabajo, he aprendido a escucharme y esto me ha permitido controlar esos nervios. Y cuando no puedo, pues paro y respiro. Mañana será otro día.

mujeres, retrato, vida

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