Soy gorda

03. 02. 2019

Soy gorda, siempre he sido gorda y seguramente nunca dejaré de serlo. Nací con casi cinco kilos, crecí como una niña grande, fui una adolescente grande, me casé igual de grande y fui una madre grande. Siempre fui muy consciente de mi físico y eso quizá hizo que no me traumatizara tanto; por lo menos hacia fuera. También hubo críticas, etiquetas, consejos y todo lo que te puedas imaginar, pero siempre traté de que no me afectara. Fui esa niña rellenita y simpática que, aparentemente, no tenía ningún problema. «Tienes suerte, lo llevas muy bien», «Tú te arreglas mucho, estás muy guapa», me decían. Todos aceptaban mi gordura y yo hacía ver que también.

Y así viví durante muchos años, pues no estaba dispuesta a dejar que la gordura me limitara. Estudié, me especialicé en comercio internacional, me fui a vivir al extranjero, conseguí un buen trabajo y formé una familia. Todo eso siendo una persona gorda. Para los demás, mi gordura no suponía un problema. Sin embargo, a mí sí me afectaba. A medida que me había ido haciendo mayor había abandonado el deporte y, con ello, mi peso había ido aumentando. Cada año que pasaba acumulaba unos kilos más, y mi situación no hacía más que empeorar.

Ya no era esa niña rellenita con aparente fortaleza. Ahora era una madre que no podía agacharse en el parque para jugar con su hija, ni mantenerse de pie para ver a su niña haciendo deporte…

Probé todo tipo de dietas, el método Montignac, la acupuntura, la dieta de los limones, la de la alcachofa, la Dukan, el doctor de la Seguridad Social, el médico de pago, la enfermera del centro de atención primaria… Y siempre con el mismo resultado, perdía diez o veinte kilos y, al cabo de un tiempo, recuperaba el doble de lo perdido. Llegó un momento en que cuando mi marido oía la palabra «dieta» se asustaba porque sabía lo devastadoras que iban a ser las consecuencias. No sabía cómo hacerlo y los efectos de llevar ciento cuarenta kilos encima se empezaban a notar. Me dolían las rodillas y cada vez podía caminar menos.

Y la cosa fue empeorando hasta que, un día, me caí. Estaba en casa, resbalé y mis rodillas se golpearon de lleno contra el suelo. Empezaron las visitas al traumatólogo. Las rodillas estaban muy afectadas y no era por el golpe. Debido a la obesidad, pese a tener solo cuarenta y dos años, sufría una artrosis comparable a la de una señora de ochenta años y no le veían solución. Probamos diferentes tratamientos, primero unas rodilleras, después unos hierros y, finalmente, las muletas. Seis largos meses en los que no mejoraba y apenas podía mantenerme en pie. Estaba desesperada, ¿cuándo podría liberarme de las muletas? «Cuando las cambiemos por una silla de ruedas», me contestó el médico. Llegué a casa y rompí a llorar.

O adelgazaba o me quedaba en silla de ruedas.

La única forma de aliviar mis rodillas era adelgazando pero, ¿cómo lo iba a hacer? Me había pasado la vida a dieta y nada había servido. Solo me quedaba una opción, la cirugía. Tenía sus riesgos e igualmente podía acabar en una silla porque las rodillas ya estaban enfermas, pero debía intentarlo. Me informé bien y en febrero de 2015 me operaron. Me hicieron un bypass gástrico y, por suerte, todo salió bien. Acababa de empezar un proceso durísimo. Semanas tomando líquidos, meses a base de purés y, por fin, los temidos sólidos. Desconoces la cantidad de comida que puedes ingerir, cómo te sentará, si te gustará… Eso se traduce en vómitos, malestar y otras situaciones desagradables que hacen que sentarse a una mesa sea muy complicado. Aquí, que todo lo social transcurre en torno a la comida…

Cuando le dije a mi marido que quería operarme me respondió que teníamos dos trabajos. Yo debía buscar un médico y él se encargaría de encontrar el dinero.

Poco a poco vas adelgazando, te vas sintiendo mejor, puedes dejar las muletas y, por fin, llega la maravillosa autoestima. Ya no te pueden insultar con un simple «gorda» y dejan de fijarse en ti. Así que, aparentemente, estás curada. Pero tu mente sigue siendo la de una persona obesa. Si accediera a los deseos de mi cerebro, estaría todo el día comiendo. Es una batalla continua que, eso sí, cada vez gano con más facilidad. Lo que todavía no he logrado curar son las heridas que me causaron aquellos que se rieron de mí. No puedo perdonar a los que me insultaron. Ni tampoco puedo sonreír a los que me incomodaron con sus comentarios y ahora se acercan a decirme lo guapa que estoy.

Para mí, la parte más difícil de la operación es el trabajo psicológico que todo ello supone, y no solo por esas heridas. Al principio no te reconoces. Cuando pierdes sesenta kilos te ves en un espejo y te preguntas quién es esa. Sales a comprar y sigues buscando tallas grandes. Y no podemos olvidarnos del desconocimiento que hay sobre el tema. La gente espera que sigas comiendo como antes, pero no puedes. Aunque tu cerebro te lo pida, debes cuidar esa «máquina» que te han puesto. Gracias a ella, ahora puedo hacer deporte, pasear durante horas y, lo mejor de todo, ir en bicicleta con mi hija. Solo por esto, mañana mismo repetiría. Jamás había tenido esta calidad de vida.

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2 Comentarios

María José 05. 02. 2019 - 22:28

Muchas gracias por compartir tu historia.

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Teresa 14. 02. 2019 - 10:33

me siento identificada. Gràcias por compartir tu història

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