Hasta los catorce años tuve una infancia normal. Era una niña abierta y feliz a la que le gustaba hacer las cosas que hacen todos los críos: salir con mis amigas, jugar, cantar, bailar… Pero, entonces, apareció la sordera. Sufría una hipoacusia mixta bilateral con afección a la cóclea. Mi padre ya estaba completamente sordo y mi hermana también había empezado a presentar síntomas. Sabíamos que era algo hereditario y que nos podía tocar a cualquiera de los siete hermanos, pero eso no lo hacía más fácil. Cuando comienza el proceso sabes que acabarás totalmente sorda. Esperas que no te toque… Yo no tuve esa suerte. Poco a poco fui perdiendo audición y, con ello, parte de una conexión con …
arrugas
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De pequeño era un bala perdida. Todavía recuerdo los días de escuela en que salía de casa con la mochila y, una vez veía salir a mi madre, regresaba, tiraba la bolsa a mi habitación por la ventana (que ya había dejado convenientemente abierta) y me iba a jugar al muelle, donde me juntaba con otros niños. Y, mientras, mi pobre madre creía que estaba en clase… Nunca me gustó estudiar pero, ¿sabes?, siempre he tenido algo bueno: he sido muy curioso y, cuando algo me gusta, me ilusiono y ya no lo dejo. Aunque no he tenido estudios, siempre me he implicado mucho en todo lo que he hecho.
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Empecé con la escritura en 1960, a modo de desahogo. Nadie me había enseñado a escribir poesía. Aunque fui unos años a la escuela, lo único que recuerdo de esa época es que las tres profesoras que teníamos se pasaban el día charlando. Así que mis textos son los de una persona que no tiene estudios, llenos de faltas de ortografía. Pese a ello, nunca dejé de lado mis libretas. No podía; durante muchos años ellas y las letras que dejaba plasmadas en sus páginas me ayudaron a seguir adelante y a escapar de la vida que me había tocado vivir.
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Nunca he sabido estar quieto. La curiosidad y las ganas de aprender y hacer cosas nuevas siempre han estado presentes en mi vida. He tenido varias empresas, fundé el Museo de las Guilleries y el Grupo Excursionista Força, Forts i Ferms, y siempre he colaborado con entidades locales y comarcales. No obstante, no creo que sea algo fuera de lo normal. Para mí es importante ser útil y si además puedo hacerlo a través de la fotografía, me siento feliz. Cogí una cámara por primera vez a los dieciséis años y nunca más la he soltado. Nací en 1925, es decir, llevo setenta y siete años dedicándome a esto.
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Las cosas nos iban bien; teníamos una vida de lo más normal. Mi marido era el encargado de la acequia del pueblo y yo me ocupaba de los niños y las tareas del hogar. Nunca había tenido que trabajar mucho; en mi familia éramos tres chicos y yo, así que siempre fui la niña de la casa. Y ya cuando me casé, mi madre me ayudaba en muchas cosas. Así que, con el trabajo de mi marido y algunas tierras que teníamos, nos apañábamos. Pero el verano de 1952 las cosas cambiaron, Manuel sufrió un accidente.
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Ya conocía la enfermedad por mi madre. Cuando ella empezó con los primeros síntomas, los médicos no sabían qué le ocurría. Nadie daba una explicación convincente a su trastorno. Mi hermana viajó e investigó hasta que un día encontró información procedente de Alemania. Allí había un doctor que investigaba procesos similares. Aunque no existía tratamiento posible y ella estaría enferma muchos años, por fin tuvimos un diagnóstico. Mi madre, como yo, sufría Alzheimer.
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Hasta los doce años tuve una niñez muy bonita, pero luego la vida se me complicó un poco. Mi padre sufrió un accidente y, tras una estancia de tres meses en el hospital, se quedó cojo. La incapacidad le impidió seguir con su trabajo y a mi madre y a mí nos tocó ponernos al frente de nuestra familia numerosa; éramos seis y dos años después acabaríamos siendo siete. Fue un cambio complicado al que siguieron tiempos de mucho trabajo que finalmente nos llevarían a emigrar.
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Nací en 1905 y mi destino era trabajar en el campo por un plato de comida durante toda la vida. No lo acepté y cambié mi suerte. Con siete años me tocó cuidar de las vacas, de joven hubo épocas en las que comí cada día lo mismo y ya de adulto viví una guerra y conocí las cartillas de racionamiento. Nunca me rendí. Siempre miré hacia delante.
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Mi sueño era ser mecánico y vivir fuera de España: sin embargo acabé siendo carpintero y enamorándome de una española. Ya ves, las cosas no siempre salen como nos las imaginamos y aun así se puede tener una buena vida. Con el oficio me tocó seguir la «dictadura de los padres» y con el amor, pues poco pude hacer, la verdad. Eso sí, fui un poco hippie y hasta que no me casé, no senté la cabeza.
