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  • La gente nunca me creyó. Contaba a todo el mundo que tenía padre, que estaba lejos, pero que lo tenía. Mi madre siempre me hablaba de él y yo lo explicaba orgullosa a mis amigas, «vendrá a buscarme en un avión». Sin embargo, las cosas eran muy difíciles en tiempos de guerra, y pasaron los años y ese avión nunca llegó. Lo único que llegó fueron sus cartas, la última después de empezar la Segunda Guerra Mundial, en 1942. Ahí le perdimos el rastro hasta que, ya de mayor, me puse a leer cada una de sus palabras y sentí que tenía que encontrarle. Necesitaba saber qué había ocurrido, saber por qué no le habíamos vuelto a ver y, quizá, …

  • De pequeño era un bala perdida. Todavía recuerdo los días de escuela en que salía de casa con la mochila y, una vez veía salir a mi madre, regresaba, tiraba la bolsa a mi habitación por la ventana (que ya había dejado convenientemente abierta) y me iba a jugar al muelle, donde me juntaba con otros niños. Y, mientras, mi pobre madre creía que estaba en clase… Nunca me gustó estudiar pero, ¿sabes?, siempre he tenido algo bueno: he sido muy curioso y, cuando algo me gusta, me ilusiono y ya no lo dejo. Aunque no he tenido estudios, siempre me he implicado mucho en todo lo que he hecho.

  • Nunca he sabido estar quieto. La curiosidad y las ganas de aprender y hacer cosas nuevas siempre han estado presentes en mi vida. He tenido varias empresas, fundé el Museo de las Guilleries y el Grupo Excursionista Força, Forts i Ferms, y siempre he colaborado con entidades locales y comarcales. No obstante, no creo que sea algo fuera de lo normal. Para mí es importante ser útil y si además puedo hacerlo a través de la fotografía, me siento feliz. Cogí una cámara por primera vez a los dieciséis años y nunca más la he soltado. Nací en 1925, es decir, llevo setenta y siete años dedicándome a esto.

  • Las cosas nos iban bien; teníamos una vida de lo más normal. Mi marido era el encargado de la acequia del pueblo y yo me ocupaba de los niños y las tareas del hogar. Nunca había tenido que trabajar mucho; en mi familia éramos tres chicos y yo, así que siempre fui la niña de la casa. Y ya cuando me casé, mi madre me ayudaba en muchas cosas. Así que, con el trabajo de mi marido y algunas tierras que teníamos, nos apañábamos. Pero el verano de 1952 las cosas cambiaron, Manuel sufrió un accidente.