Casa de acogida

24. 11. 2019

Escuchar la palabra «huérfano», «orfanato» o «casa de acogida» nos llena la cabeza de ideas preconcebidas. La gente se imagina grandes edificios en los viven niños y jóvenes problemáticos procedentes de familias rotas que reciben un trato al más puro estilo militar y que, por razones que todos creen evidentes, acabarán siendo adultos sin futuro alguno. Nadie lo dice en voz alta, pero esto es lo que la mayoría piensa. Sin embargo, la realidad es muy distinta. Los huérfanos y los niños que no tenemos a nadie en quien apoyarnos podemos hacer cosas, y esos centros nos ofrecen una oportunidad que quizá de otro modo no tendríamos.

Mi entrada en una casa de acogida fue a los dieciséis años, cuando murió mi madre. En un principio parecía que alguien de mi familia podría ocuparse de mí, pero, cuando en Asuntos Sociales me explicaron las opciones que tenía, me di cuenta de que lo mejor era irme a uno de sus hogares. Existía también la opción de un centro más grande o de una familia de acogida, pero el primero me dijeron que no era para mí y con una familia yo no quería ir. No deseaba ser el hijo de alguien, yo ya había tenido una madre. Así que opté por la casa de familia, que es como se llaman los hogares tutelados de Aldeas Infantiles. Esa sería la mejor opción para mí, ya que, aunque inestable, había crecido en una familia.

Mi madre murió en abril y a finales de junio me mudé a la casa. Los primeros días fueron una experiencia un tanto extraña. Me habían explicado cómo sería y qué me encontraría, pero yo no dejaba de ser un niño. Me acababa de quedar huérfano, era muy tímido, no me gustaba relacionarme con otras personas y, quién sabe, quizá temía encontrar esa disciplina militar y ese edificio tan sórdido que tantas veces había visto en las películas. No lo sé, pero lo que me encontré no era lo que me había imaginado, y mis sentimientos me cogieron desprevenido. Esa extrañeza fue positiva. Desde el primer momento, por muy raro que parezca, me sentí muy bien.

Los cuidadores se convierten en tus padres. Te acompañan al médico, te ayudan cuando lo necesitas,… yo se lo agradezco mucho.

El centro era una casa con salón, cocina y libros, y mi habitación era como la de cualquier otro niño, con su cama, su escritorio y su armario. Vamos, era una casa normal en la que convivíamos seis niños de diversas edades y tres educadores que se ocupaban de nosotros. Había normas y horarios, pero como en cualquier familia. De hecho allí se planteaban las cosas incluso mejor que con algunos padres biológicos. Enseguida nos enseñaban a ser independientes, y nosotros nos organizábamos para hacer las tareas de la casa e incluso preparábamos el menú, aunque lo que compraran ya dependía del presupuesto. A final de mes ya no podíamos pedir según qué cosas… Nos quejábamos de todo y no dejaba de ser una situación complicada, pero nos cuidaban mucho y nos lo pasábamos muy bien.

Allí había chicos con circunstancias muy distintas; unos tenían problemas en casa, otros se encontraban en una situación social desfavorecida y otros éramos huérfanos. No había patrones en los que encajar, tan solo éramos niños que necesitábamos un entorno tranquilo para poder crecer y, por lo menos en mi caso, eso es lo que me dieron. Yo venía de una familia desestructurada con problemas y situaciones complejas que nunca me permitieron tener tranquilidad de verdad. El centro tenía normas, horarios, nos cuidaban, no teníamos que preocuparnos del dinero. Era raro, pero era una rareza a la que me acostumbré muy rápido porque era buena para mí.

La gente cree que en estos centros solo hay chicos de cierto nivel social, pero también hay niños que vienen de familias con dinero. Cualquiera puede encontrarse en una situación así.

Entré con un trastorno de la alimentación y problemas psicológicos. Apenas era capaz de hablar con un desconocido, jamás me hubiera atrevido a contar mi historia. Y, sin embargo, gracias a la atención que recibí, ahora estoy aquí. Yo lo tengo claro, llevar un orden en mi vida, poder tener una alimentación equilibrada y vivir en un entorno que me ofrecía el cuidado que necesitaba me ayudó a tener esa despreocupación «real» que todo adolescente se merece para conocerse a sí mismo.

Aunque puede que, con el tiempo, cambie de opinión, fue la época más feliz de mi vida. A veces pienso que es muy egoísta decir eso justo después de que tu madre, que te lo ha dado todo y más, muera. Pero como yo lo veo, tanto el irme al centro como la pensión que recibo por todos los años que ella trabajó y cotizó, y que ahora me ha servido para estudiar, fueron, en cierta forma, su último regalo. La casa de familia me permitió centrarme, recuperarme y seguir adelante con el futuro que ella había soñado para mí. Siempre me decía que su prioridad era que yo tuviera una vida mejor que la que ella tuvo y, hasta ahora, lo estoy logrando.

No te pierdas estas otras historias

2 Comentarios

Tina 25. 11. 2019 - 12:20

Preciosa historia. Incluso en las peores circunstancias, cualquier niño o niña puede salir adelante si encuentra a alguien que le proporcione apoyo material y le ayude a confiar en sus capacidades. No debemos olvidarlo.

Responder
Historias que importan 25. 11. 2019 - 14:58

Así es, todos necesitamos ese apoyo.

Responder

Únete a la conversación