No recuerdo muy bien cuándo empecé. En realidad, lo llevo haciendo toda la vida. Quizá fue hace unos ocho años, en mi pueblo, en Castilla-La Mancha. Vi a unos chicos saltando unas vallas y les pregunté si podía probar. Me enseñaron el salto que estaban haciendo y, sorprendentemente, me salió bien a la primera. Me gustó tanto que en cuanto llegué a casa empecé a buscar vídeos en youtube. Con eso y con lo que iba viendo en las calles de Vigo, poco a poco fui aprendiendo. Y es que esto es algo que tiene el parkour, conocido también como el arte del desplazamiento: una vez que te engancha, ya no puedes parar.
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Si algo me define, es que me he quedado aquí, en el pueblo, cerca de los míos. Sé que a algunos les extrañará, al fin y al cabo hasta hace bien poco la gente creía que el que se iba volaba muy alto. Yo misma me lo llegué a creer. Eso de «ser de pueblo» estaba muy mal visto y la gente conseguía que te sintieras avergonzado de tus raíces. Pero ya no, este es mi mundo y soy la prueba de que en un pueblo pequeño también se puede llegar lejos y ser feliz.
