Solo quería una vida mejor

10. 11. 2019

Chico negro de pie delante de un portal. No se le ve la cara y tiene los brazos cruzados.Lo tuve claro desde muy pequeño, quería ser alguien importante y, para lograrlo, tenía que salir de allí. Mi padre se fue de casa cuando yo era muy pequeño y en Senegal no tenía a nadie que me apoyara o me pudiera ofrecer una oportunidad. Así que, cuando cumplí los dieciocho años, le dije a mi familia que me iba a Europa. Intentaron hacerme cambiar de opinión, era muy joven y el hecho de que viajara solo les preocupaba. Pero yo sabía que no estaría solo, encontraría a más gente en el camino. Éramos muchos los que queríamos una vida mejor. Además, tampoco iba a ser un viaje tan largo, en unos tres meses habría llegado a mi destino. Vendí dos vacas que tenía mi madre y me vine.

Primero fui a la capital de Mali, Bamako. Desde allí quería contactar con mi primo para que me ayudara. Él ya vivía en España, pero pronto vi que la ayuda no llegaría y decidí irme a Libia. Allí podría trabajar y conseguir más dinero para llegar a Marruecos. Sabía que otros lo habían logrado, así que el plan me parecía perfecto. Era joven y estaba dispuesto a trabajar, no necesitaba nada más. Sin embargo, la realidad que me encontré fue muy distinta. En unos sitios no había trabajo, en otros no te pagaban, en otros te daban una miseria y era imposible ahorrar y en otros te perseguían. Ganaba tan poco dinero que cada vez que cambiaba de ciudad tenía que volver a empezar de cero. Siempre con miedo a que la policía me detuviera y me devolviera a mi punto de partida. Esos tres meses que yo había previsto acabaron convirtiéndose en tres años, cinco países, diez ciudades y muchos, demasiados, días de viaje en condiciones infrahumanas.

Tres largos años en los que vi cosas que jamás me hubiera podido imaginar. Si no lo vives, no sabes lo que es. No hay tregua; en el momento que sales por el portal de tu casa, todo se va complicando por momentos. Aun así, para mí lo más duro fueron los primeros meses. Sabía que habría mucha gente, pero no era consciente de lo que me iba a encontrar. Fue horroroso. En el viaje de Mali a Níger estuvimos casi tres mil kilómetros hacinados en minibuses como si fuéramos animales. Además, en cada control policial nos hacían bajar y teníamos que darles algo de dinero, de lo contrario nos lo robaban todo. Ese viaje me bajó mucho la moral. Llegué a Agadez sin dinero. Eso no iba a ser tan fácil como yo había pensado. ¿Cómo lo haría para seguir sin dinero? Níger es un país muy pobre y no había trabajo, y yo no imaginaba que lo que había sacado con las vacas me fuera a durar tan poco.

Por suerte, un tío mío vivía allí y, aunque no me podía dar mucho dinero, me ayudó. Eso sí, no como él deseaba. Existían dos rutas para ir a Libia, él quería que fuera por la más segura, pero no pudo ser. La única opción posible era coger un convoy que iba por otra mucho más peligrosa. Él se negó, pero yo no podía más. Ya habían pasado cinco meses y medio desde que había empezado mi viaje y estaba harto de esperar. Así que, contra su voluntad, me subí a un camión. En ese viaje vería por primera vez un fusil. No sé cómo explicarlo. Éramos más de ciento cincuenta personas metidas en camionetas que no pararon en cinco días, circulando día y noche por el desierto hasta que al quinto día nos dejaron en una montaña en medio de la nada. «Podéis dormir aquí y por la mañana ya os vendrá a buscar el guía». Dormimos allí y al amanecer, aunque no sabíamos adónde íbamos, empezamos a andar. Entonces, de repente: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Ahí pensé en toda la gente que no llamaba a mi tío al llegar a Europa; seguramente habían muerto allí.

Madre mía, eran disparos. No me morí del susto de milagro. Nos habían encontrado los tuareg. Fue todo muy duro, nos pegaron y nos robaron, uno a uno. Hubo un nigeriano que se enfrentó a ellos, pero no fue algo muy inteligente. Aquella gente iba armada. Él se hizo el valiente y lo apuñalaron… Fue el día más largo de mi vida; bueno, ese y los próximos cuatro días andando por el desierto. Arena, calor, poca agua, algunos casi no llegan… Menos mal que en el primer pueblo que alcanzamos nos trataron bien. Nos miraban como si fuéramos animales, pero eran buena gente. Nos dieron cobijo y comida. Mi primera comida después del desierto fueron macarrones; no he sido capaz de volverlos a comer. Esto son, ¿cómo lo llamáis vosotros? Sí, eso es, anécdotas. Pero te aseguro que no lo volvería a repetir por nada del mundo.

Todo eso ocurrió en tan solo cuatro meses; todavía me quedaban dos años y medio de viaje en los que solo yo sé lo que pasé. No le aconsejo a nadie que venga como vine yo. No sabes lo que es cruzar un desierto o embarcarte en un viaje de tantos kilómetros sin saber si llegarás a tu destino. Había ciudades tan peligrosas que ni podías tomarte tranquilamente un café. Y estar dos años en un gueto esperando para poder cruzar la frontera… Estás tan desesperado que, el día que saltas unas vallas corriendo y logras escapar en el último segundo porque llevas la chaqueta desabrochada y la dejas colgando de la mano del policía que te había atrapado, no sabes si reír o llorar. Y aquí las cosas no son mucho más fáciles. Pese a haber estado trabajando desde el primer día que llegué, me costó mucho conseguir regularizar mi situación. Tanto, que el día que lo logré ni lo celebré. Estuve más contento el día que me saqué el carné de conducir que cuando me dieron los papeles. Ese día sí que fui feliz.

La gente cree que venimos porque no tenemos nada que comer, pero no es verdad. Lo único que queremos es un futuro mejor, como vosotros.

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