Me encontraba en la mejor época de la vida. Tenía veintiún o veintidós años, trabajaba, practicaba deporte, estudiaba, salía con los amigos… Llevaba una vida normal y corriente cuando, de repente, me hacen unas pruebas y ven que tengo la tensión muy alta. Lo normal, a esa edad, es estar sobre doce y seis; yo llegaba a veintidós de máxima y catorce de mínima. No era una simple hipertensión, en cualquier momento podía sufrir un infarto. Así que me medicaron y empezaron a hacerme pruebas para saber qué estaba ocurriendo en mi cuerpo. A partir de ahí, todo cambió. Sufría una disfunción renal que me acabaría llevando por un largo camino de pruebas, controles, tratamientos y, finalmente, a un trasplante …
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