Empecé a escribir poco después de que muriera mi padre, hace ocho años. En un primer momento lo hice para mí, pero enseñaba los textos a mis amigas y ellas me decían que debía hacer algo con ellos. «Pues, quizá sí» pensé. Porque ¿quién ayuda a esas familias que sufren algo así? Mi preocupación principal eran los niños. Recuerdo lo sola que me sentí de pequeña. En el colegio me pusieron etiquetas, me daban clases de refuerzo, me decían que no llegaría lejos. Yo no necesitaba eso. Necesitaba alguien que me cuidara, que me acompañase y me preguntara qué ocurría en casa. Alguien que me ayudara a entender y normalizar la relación con mi padre porque una enfermedad mental no …
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Los primeros trucos de magia los hice cuando empecé a hacer números de circo para mi familia. A los ocho años montaba espectáculos con cortinas y otros materiales. Ahí comencé con la magia, pero fue algo pasajero, pues enseguida me dio por leer y escribir. Me obsesioné de tal forma que dejé todo lo demás. Incluso me preparaba mis cuentos en folios y se los vendía a mis padres para poder volver a comprar material… Pero esto solo duró hasta que, hace unos tres años, mis padres me llevaron a ver un espectáculo del Mag Lari y, nunca mejor dicho, se hizo la magia.
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No recuerdo muy bien a qué edad tenía cuando empezaron a hacerme pruebas. Por lo que me han contado mis padres, en primaria ya me vio la psicóloga del colegio y empecé una terapia con la logopeda y esta, posteriormente, me derivó al psiquiatra. Sin embargo, yo no tuve memoria de todo esto hasta más adelante, ya con once o doce años. Y es que, en realidad, para mí no era un problema. De hecho, hoy en día, con dieciocho años, sigo pensando que no es algo fuera de lo habitual. El déficit de atención e hiperactividad, es decir, el TDAH, forma parte de mí y yo no veo que pueda hacer menos cosas que los demás. No me limita.
