La gente nunca me creyó. Contaba a todo el mundo que tenía padre, que estaba lejos, pero que lo tenía. Mi madre siempre me hablaba de él y yo lo explicaba orgullosa a mis amigas, «vendrá a buscarme en un avión». Sin embargo, las cosas eran muy difíciles en tiempos de guerra, y pasaron los años y ese avión nunca llegó. Lo único que llegó fueron sus cartas, la última después de empezar la Segunda Guerra Mundial, en 1942. Ahí le perdimos el rastro hasta que, ya de mayor, me puse a leer cada una de sus palabras y sentí que tenía que encontrarle. Necesitaba saber qué había ocurrido, saber por qué no le habíamos vuelto a ver y, quizá, …
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