Empecé a escribir poco después de que muriera mi padre, hace ocho años. En un primer momento lo hice para mí, pero enseñaba los textos a mis amigas y ellas me decían que debía hacer algo con ellos. «Pues, quizá sí» pensé. Porque ¿quién ayuda a esas familias que sufren algo así? Mi preocupación principal eran los niños. Recuerdo lo sola que me sentí de pequeña. En el colegio me pusieron etiquetas, me daban clases de refuerzo, me decían que no llegaría lejos. Yo no necesitaba eso. Necesitaba alguien que me cuidara, que me acompañase y me preguntara qué ocurría en casa. Alguien que me ayudara a entender y normalizar la relación con mi padre porque una enfermedad mental no …
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Mi vida era perfecta, estaba muy contenta y, pese a tener solo quince años, sabía lo que quería hacer. Me gustaba ayudar a la gente, trabajar en temas sociales, era voluntaria de una asociación de amigos de la gente mayor… Lo tenía todo muy bien organizado y, de repente, apareció la enfermedad y mi vida cambió por completo. Los primeros síntomas empezaron de forma muy sutil. Un día una gota, un día otra y, tras unos meses, al ver que persistía, mi madre decidió llevarme al médico. No fui escandalizada, nadie se altera por una gota de sangre y, de hecho, tampoco me alteré con el diagnóstico. Era muy joven y no entendía qué me decían. Escuché las palabras «colitis …
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Me encontraba en la mejor época de la vida. Tenía veintiún o veintidós años, trabajaba, practicaba deporte, estudiaba, salía con los amigos… Llevaba una vida normal y corriente cuando, de repente, me hacen unas pruebas y ven que tengo la tensión muy alta. Lo normal, a esa edad, es estar sobre doce y seis; yo llegaba a veintidós de máxima y catorce de mínima. No era una simple hipertensión, en cualquier momento podía sufrir un infarto. Así que me medicaron y empezaron a hacerme pruebas para saber qué estaba ocurriendo en mi cuerpo. A partir de ahí, todo cambió. Sufría una disfunción renal que me acabaría llevando por un largo camino de pruebas, controles, tratamientos y, finalmente, a un trasplante …
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Fue un embarazo muy deseado, quería disfrutarlo y así lo hice hasta el día del parto. Estaba muy contenta y me sentía orgullosa de cómo lo había llevado. Tenía mucha suerte, habían sido unos meses buenos. Me había preparado bien y estaba lista para recibir a mi hijo. Jamás me imaginé lo que iba a pasar después. Cuanto más lo pienso, más me cuesta creerlo; es como si todo le hubiera sucedido a otra persona. Por eso creo que, aunque cueste, hay que hablar de ello. Es algo que con el tiempo se relativiza y eso hace que se convierta en un problema invisible. Sé de lo que hablo. Tú quieres decirle a la gente que no estás bien y …
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Cuando me dio el primer mareo me encontraba en una situación bastante complicada. Tenía una niña de diecisiete meses, acababa de nacer mi segundo hijo, me estaba recuperando de una cesárea, mi marido viajaba mucho por trabajo y a mi madre le acababan de diagnosticar un cáncer terminal. Estaba aquí, tumbada en el sofá, hablando con mi marido y mi hermana sobre cómo nos íbamos a organizar y, de repente, me empezó a dar vueltas la cabeza. «Estás agotada, eso será del cansancio y el estrés que llevas encima», me dijeron. Y no les faltaba razón, el niño no dormía, me dolía todo y sufría por mi madre, así que podría ser agotamiento. No le di más importancia.
