Cuando nos conocimos ya le dije a mi marido que me hacía mucha ilusión tener hijos, pero que si por cualquier motivo no podíamos, yo estaba dispuesta a adoptar. Averiguaríamos dónde estaba el problema, pero no permitiría que me acribillaran con agujas. Respeto que otros lo hagan, hay gente que necesita que sean sus hijos. Para mí no era una necesidad, me daba igual que fueran de mi sangre o no. Él, que es muy práctico, me contestó que llegado el momento ya lo miraríamos. Entretanto, no hacía falta darle muchas vueltas. Y no las tuvimos que dar. En cuanto empezamos a probar, casi sin pensarlo, me quedé embarazada; primero del niño y, unos años después, de la niña. Ya …
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Todo empezó cuando tuve mi primer hijo hace cinco años. Yo tenía muchas ganas de ser mamá y, en mi mente, lo tenía todo muy bien organizado. Me cogería la baja de maternidad, haría muchas actividades con el niño y, una vez volviera a trabajar, sería a media jornada para poder dedicarle más tiempo. Además, estaba convencida de que el niño encajaría perfectamente en nuestra vida, sin que el equilibrio familiar se viera afectado. Sin embargo, las cosas no fueron como yo me las había planteado. Quise tenerlo todo bajo control y, pese a ser muy feliz, acabé agotada.
