Todo empezó cuando tuve mi primer hijo hace cinco años. Yo tenía muchas ganas de ser mamá y, en mi mente, lo tenía todo muy bien organizado. Me cogería la baja de maternidad, haría muchas actividades con el niño y, una vez volviera a trabajar, sería a media jornada para poder dedicarle más tiempo. Además, estaba convencida de que el niño encajaría perfectamente en nuestra vida, sin que el equilibrio familiar se viera afectado. Sin embargo, las cosas no fueron como yo me las había planteado. Quise tenerlo todo bajo control y, pese a ser muy feliz, acabé agotada.
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