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  • «Ves esa niña, pues tú eres como ella. Lo único que nos separa es la barriguita, que no has estado aquí dentro. Por lo demás, somos tus padres en todo y para todo». Comentan mis padres que cuando me dijeron estas palabras yo tenía unos siete años. Daban una película donde salía una niña adoptada y aprovecharon para contarme que yo también lo era. Al día siguiente lo confirmé con un «yo soy como esa niña» y, al parecer, me quedé conforme. No recuerdo ese momento, ni la película, ni la cara de expectación que probablemente debieron poner mis padres. Nunca he necesitado recordarlo. Crecí sabiendo que me habían adoptado y jamás supuso un problema para mí.

  • Cuando nos conocimos ya le dije a mi marido que me hacía mucha ilusión tener hijos, pero que si por cualquier motivo no podíamos, yo estaba dispuesta a adoptar. Averiguaríamos dónde estaba el problema, pero no permitiría que me acribillaran con agujas. Respeto que otros lo hagan, hay gente que necesita que sean sus hijos. Para mí no era una necesidad, me daba igual que fueran de mi sangre o no. Él, que es muy práctico, me contestó que llegado el momento ya lo miraríamos. Entretanto, no hacía falta darle muchas vueltas. Y no las tuvimos que dar. En cuanto empezamos a probar, casi sin pensarlo, me quedé embarazada; primero del niño y, unos años después, de la niña. Ya …

  • Fue un embarazo muy deseado, quería disfrutarlo y así lo hice hasta el día del parto. Estaba muy contenta y me sentía orgullosa de cómo lo había llevado. Tenía mucha suerte, habían sido unos meses buenos. Me había preparado bien y estaba lista para recibir a mi hijo. Jamás me imaginé lo que iba a pasar después. Cuanto más lo pienso, más me cuesta creerlo; es como si todo le hubiera sucedido a otra persona. Por eso creo que, aunque cueste, hay que hablar de ello. Es algo que con el tiempo se relativiza y eso hace que se convierta en un problema invisible. Sé de lo que hablo. Tú quieres decirle a la gente que no estás bien y …

  • Todo empezó cuando tuve mi primer hijo hace cinco años. Yo tenía muchas ganas de ser mamá y, en mi mente, lo tenía todo muy bien organizado. Me cogería la baja de maternidad, haría muchas actividades con el niño y, una vez volviera a trabajar, sería a media jornada para poder dedicarle más tiempo. Además, estaba convencida de que el niño encajaría perfectamente en nuestra vida, sin que el equilibrio familiar se viera afectado. Sin embargo, las cosas no fueron como yo me las había planteado. Quise tenerlo todo bajo control y, pese a ser muy feliz, acabé agotada.

  • Mi historia empieza cuando tuve a mi primer hijo. Todos sabemos que la maternidad te cambia la vida de un modo u otro, pero en mi caso fue un revulsivo extremo. Tanto, que decidí dejar de trabajar para ocuparme de él y, al mismo tiempo, abordar algunos temas personales. Me atrevería a decir que es lo más duro que he hecho en mi vida. Sola en una ciudad en la que no conocía a nadie, sin trabajo, en tratamiento psicológico y con un bebé… Fueron muchas cosas a la vez que, para mi sorpresa, se juntaron con algo que hasta entonces jamás había creído posible: me sentí  juzgada por otras mujeres. Reconozco que mi decisión fue radical. Se podría decir …

  • Ya en educación infantil me di cuenta de que mi hijo tenía algún problema. Confundía los colores y no leía como los demás… Lo comenté con sus profesores, pero no me hicieron caso. Me dijeron que lo comparaba con mi hija, que cada niño era diferente, que lo sobreprotegía, que me tomaba el pelo… Fue muy duro, pero nada ni nadie harían que me rindiera. No pararía hasta saber qué le pasaba a mi hijo. 

  • Queríamos ser padres y en ningún momento nos habíamos planteado que las cosas podían ser complicadas. ¿Por qué debían serlo? Todas mis amigas se estaban quedando embarazadas sin problemas y ahora me tocaba a mí. No fue así. Empezamos a probar, pero nuestro turno no llegaba. Poco a poco, la maternidad se convirtió en un reto que parecía inalcanzable.