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  • Escuchar la palabra «huérfano», «orfanato» o «casa de acogida» nos llena la cabeza de ideas preconcebidas. La gente se imagina grandes edificios en los viven niños y jóvenes problemáticos procedentes de familias rotas que reciben un trato al más puro estilo militar y que, por razones que todos creen evidentes, acabarán siendo adultos sin futuro alguno. Nadie lo dice en voz alta, pero esto es lo que la mayoría piensa. Sin embargo, la realidad es muy distinta. Los huérfanos y los niños que no tenemos a nadie en quien apoyarnos podemos hacer cosas, y esos centros nos ofrecen una oportunidad que quizá de otro modo no tendríamos.

  • La primera vez que participé en un ball de bastons, o baile de bastones, tenía once años. En el pueblo se creó una colla de bastoners adultos, es decir, un grupo, y nos preguntaron a mis amigas y a mí si queríamos probar. Me gustó tanto que me quedé, y durante unos tres años recorrí pueblos de distintas comarcas bailando y participando de nuestra cultura. Pero, entonces, llegó la adolescencia y con ella una depresión que hizo que lo dejara todo de lado y que mi vida se quedase parada durante siete años. Lo bueno del baile y la música, sin embargo, es que no se te olvidan y te dejan un bonito recuerdo. Cuando me recuperé, en seguida supe …

  • Por aquel entonces ni siquiera sabía quién era el «médico de la sangre». Pronto lo descubrí, vaya si lo hice. Hacía unos meses que no me encontraba bien, sentía malestar y estaba siempre cansada. En aquellos momentos combinaba trabajo y estudios y hacía mucho deporte, así que en un principio lo atribuí al esfuerzo que estaba haciendo. Pero cuando ya vi que por mucho que descansara seguía igual, decidí ir al médico. Me hicieron análisis y algo salió mal, debía ir al famoso médico de la sangre, es decir, al hematólogo. La sorpresa fue que no encontró nada. «Todo está bien, existe solo en tu cabeza». Yo, sin embargo, estaba tan agotada que cuando salía con mis amigos terminaba en …

  • No recuerdo muy bien cuándo empecé. En realidad, lo llevo haciendo toda la vida. Quizá fue hace unos ocho años, en mi pueblo, en Castilla-La Mancha. Vi a unos chicos saltando unas vallas y les pregunté si podía probar. Me enseñaron el salto que estaban haciendo y, sorprendentemente, me salió bien a la primera. Me gustó tanto que en cuanto llegué a casa empecé a buscar vídeos en youtube. Con eso y con lo que iba viendo en las calles de Vigo, poco a poco fui aprendiendo. Y es que esto es algo que tiene el parkour, conocido también como el arte del desplazamiento: una vez que te engancha, ya no puedes parar.

  • Desde bien pequeño me interesó el deporte. Mi hermano jugaba al baloncesto y yo quería seguir sus pasos. Así que a los ocho años entré en el equipo del colegio. Al principio no destaqué mucho, pero fui aprendiendo y todo cambió. El deporte se convirtió en algo muy importante para mí, no solo por la competición y el extra de adrenalina que te genera, sino por todo lo que ha acabado suponiendo para mí a nivel personal. Cuando uno es niño, lo más normal es tener grandes sueños, ¿qué niño no ha soñado con jugar en la NBA? Sin embargo, con el tiempo te das cuenta de que el deporte te ayuda a crecer.

  • Seguí el camino que se suponía que debía seguir. De hecho, incluso logré mucho antes de lo habitual lo que la sociedad espera de nosotros. Fui a la escuela, al instituto y a la universidad y encontré trabajo de lo que, en teoría, era lo mío. Estudié periodismo y conseguí un puesto como becaria en la televisión de mi ciudad donde, en tan solo dos años, acabé presentando el informativo de deportes. ¿Te lo puedes imaginar? Había conseguido llegar a lo más alto y todo el mundo estaba muy orgulloso de mí. En los tiempos que corren, era una suerte. Sin embargo, algo empezó a removerse dentro de mí. Sentía que ese no era mi lugar.