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  • La gente nunca me creyó. Contaba a todo el mundo que tenía padre, que estaba lejos, pero que lo tenía. Mi madre siempre me hablaba de él y yo lo explicaba orgullosa a mis amigas, «vendrá a buscarme en un avión». Sin embargo, las cosas eran muy difíciles en tiempos de guerra, y pasaron los años y ese avión nunca llegó. Lo único que llegó fueron sus cartas, la última después de empezar la Segunda Guerra Mundial, en 1942. Ahí le perdimos el rastro hasta que, ya de mayor, me puse a leer cada una de sus palabras y sentí que tenía que encontrarle. Necesitaba saber qué había ocurrido, saber por qué no le habíamos vuelto a ver y, quizá, …

  • Escuchar la palabra «huérfano», «orfanato» o «casa de acogida» nos llena la cabeza de ideas preconcebidas. La gente se imagina grandes edificios en los viven niños y jóvenes problemáticos procedentes de familias rotas que reciben un trato al más puro estilo militar y que, por razones que todos creen evidentes, acabarán siendo adultos sin futuro alguno. Nadie lo dice en voz alta, pero esto es lo que la mayoría piensa. Sin embargo, la realidad es muy distinta. Los huérfanos y los niños que no tenemos a nadie en quien apoyarnos podemos hacer cosas, y esos centros nos ofrecen una oportunidad que quizá de otro modo no tendríamos.

  • Las cosas nos iban bien; teníamos una vida de lo más normal. Mi marido era el encargado de la acequia del pueblo y yo me ocupaba de los niños y las tareas del hogar. Nunca había tenido que trabajar mucho; en mi familia éramos tres chicos y yo, así que siempre fui la niña de la casa. Y ya cuando me casé, mi madre me ayudaba en muchas cosas. Así que, con el trabajo de mi marido y algunas tierras que teníamos, nos apañábamos. Pero el verano de 1952 las cosas cambiaron, Manuel sufrió un accidente.