Hasta los catorce años tuve una infancia normal. Era una niña abierta y feliz a la que le gustaba hacer las cosas que hacen todos los críos: salir con mis amigas, jugar, cantar, bailar… Pero, entonces, apareció la sordera. Sufría una hipoacusia mixta bilateral con afección a la cóclea. Mi padre ya estaba completamente sordo y mi hermana también había empezado a presentar síntomas. Sabíamos que era algo hereditario y que nos podía tocar a cualquiera de los siete hermanos, pero eso no lo hacía más fácil. Cuando comienza el proceso sabes que acabarás totalmente sorda. Esperas que no te toque… Yo no tuve esa suerte. Poco a poco fui perdiendo audición y, con ello, parte de una conexión con…

Cuando me dio el primer mareo me encontraba en una situación bastante complicada. Tenía una niña de diecisiete meses, acababa de nacer mi segundo hijo, me estaba recuperando de una cesárea, mi marido viajaba mucho por trabajo y a mi madre le acababan de diagnosticar un cáncer terminal. Estaba aquí, tumbada en el sofá, hablando con mi marido y mi hermana sobre cómo nos íbamos a organizar y, de repente, me empezó a dar vueltas la cabeza. «Estás agotada, eso será del cansancio y el estrés que llevas encima», me dijeron. Y no les faltaba razón, el niño no dormía, me dolía todo y sufría por mi madre, así que podría ser agotamiento. No le di más importancia.

Su llegada a Argentina fue muy bonita. Por fin estábamos juntos, nos podíamos ver en vivo y en directo, sin pantallas de por medio. No me podía creer que alguien lo hubiera sacrificado todo por mí… No es fácil dejar por otra persona tu trabajo, tus amigos y la vida que ya tienes más que montada, y mucho menos viajar doce mil kilómetros sin saber qué te vas a encontrar al otro lado. Porque yo sí había estado en España, pero él no conocía ni mi país, ni a mi familia, ni a mi círculo de amistades. Sin embargo, ahí estaba ese chico que había conocido ocho años atrás a través de internet, en mi casa, en mi ciudad, conmigo…

A nuestros amigos les gusta que les contemos cómo nos conocimos, y es que nuestra historia es un tanto especial. Yo soy argentina y él es de Galicia, y en nuestro primer encuentro nos separaban doce mil kilómetros. ¿Cómo es eso posible? Pues gracias a la escritura y, en especial, a internet. Hoy en día, conocerse en línea es algo normal, pero hace dieciséis años era muy extraño hacer amistad en las redes. De hecho, durante mucho tiempo no se lo conté a nadie porque no sabía cómo iban a reaccionar. Se podría decir que nuestra historia, en un principio, no parecía tener mucho futuro. Y, en realidad, durante varios años no lo tuvo.

Hace cinco años mi vida era muy normal, como la de cualquier otra persona. Era una estilista dedicada al mundo de la moda a quien las cosas no le podían ir mejor. Había comenzado a los veintiún años y, tras veinte años, tenía un negocio más que establecido. Mi tienda de ropa y complementos funcionaba muy bien y cada vez me solicitaban más servicios de estilismo; tanto, que decidí cerrar la tienda y dedicarme solo a la asesoría de imagen, que era lo que más me gustaba. Me encontraba en un momento perfecto. Entonces, en medio de ese cambio, empezaron a surgir problemas en mi familia y llegó una etapa muy oscura que nos envolvería por completo durante más de…

Desde bien pequeño me interesó el deporte. Mi hermano jugaba al baloncesto y yo quería seguir sus pasos. Así que a los ocho años entré en el equipo del colegio. Al principio no destaqué mucho, pero fui aprendiendo y todo cambió. El deporte se convirtió en algo muy importante para mí, no solo por la competición y el extra de adrenalina que te genera, sino por todo lo que ha acabado suponiendo para mí a nivel personal. Cuando uno es niño, lo más normal es tener grandes sueños, ¿qué niño no ha soñado con jugar en la NBA? Sin embargo, con el tiempo te das cuenta de que el deporte te ayuda a crecer.

Soy gorda, siempre he sido gorda y seguramente nunca dejaré de serlo. Nací con casi cinco kilos, crecí como una niña grande, fui una adolescente grande, me casé igual de grande y fui una madre grande. Siempre fui muy consciente de mi físico y eso quizá hizo que no me traumatizara tanto; por lo menos hacia fuera. También hubo críticas, etiquetas, consejos y todo lo que te puedas imaginar, pero siempre traté de que no me afectara. Fui esa niña rellenita y simpática que, aparentemente, no tenía ningún problema. «Tienes suerte, lo llevas muy bien», «Tú te arreglas mucho, estás muy guapa», me decían. Todos aceptaban mi gordura y yo hacía ver que también.

La primera vez que acudí a una terapeuta tenía diecisiete años. En aquellos momentos estaba inmersa en una relación bastante complicada y empezó a aparecer la ansiedad. Aunque, en realidad, nadie supo decirme qué era. Creían que sufría depresión. Pese a ello, la terapia funcionó bastante bien. Estuve dos años y, cuando ya creíamos que estaba recuperada, seguí con mi vida. Acababa de empezar la carrera y estudiaba lo que me gustaba. Salvo por algunos pequeños momentos en que ese estado de nerviosismo parecía que quería hacer acto de presencia, las cosas me iban muy bien. Ya sabes, cuando eres estudiante te sientes libre y crees que puedes comerte el mundo. Sin embargo, cuando por fin cumplí uno de mis…

Todo empezó hace tres años, cuando me ofrecieron organizar un grupo de mujeres. La idea era animarlas a salir juntas por caminos de montaña, lo que se conoce como trail running. Cuando una empieza a correr, normalmente lo hace sola y por la ciudad, ya que es lo que la mayoría tenemos cerca. Pero la tienda de deportes que me hizo la oferta quería dar a conocer este tipo de carreras. Así que, sin darle muchas vueltas, acepté. ¿Por qué no?, pensé. Del mismo modo que a mí el correr me había cambiado la vida, quizá podía cambiársela también a otras personas. Ese día nació Les nenes trail; nunca más correríamos solas.