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noviembre 2018

  • Seguí el camino que se suponía que debía seguir. De hecho, incluso logré mucho antes de lo habitual lo que la sociedad espera de nosotros. Fui a la escuela, al instituto y a la universidad y encontré trabajo de lo que, en teoría, era lo mío. Estudié periodismo y conseguí un puesto como becaria en la televisión de mi ciudad donde, en tan solo dos años, acabé presentando el informativo de deportes. ¿Te lo puedes imaginar? Había conseguido llegar a lo más alto y todo el mundo estaba muy orgulloso de mí. En los tiempos que corren, era una suerte. Sin embargo, algo empezó a removerse dentro de mí. Sentía que ese no era mi lugar.

  • Estaba tan oscuro y llovía tanto… Pese a la alegría de haberlo logrado, sentí una soledad muy grande. «¿Ahora, qué?», pensé. Teníamos puesta nuestra esperanza en el hermano de nuestra compañera de viaje, por lo menos esa noche. Su primera reacción fue de sorpresa. Éramos muchos y no cabíamos todos en el coche. En caso de que aceptara, deberíamos coger un taxi. Pero yo no podía. Ya me habían quitado cien dólares en Miami y no debía gastar más dinero. Por suerte, el señor tenía corazón de colombiano auténtico. No solo nos dejó quedarnos una noche en su casa, sino que volvió a por nosotros. Dios le bendiga, gracias a él no tuvimos que pasar ni una noche en la…

  • Mi historia empieza en el momento en que decidí venir a Europa, en septiembre de 1998. Lo recuerdo muy bien porque era una época de mi vida en la que me encontraba saturada. No sé si llamarlo depresión, pues entonces no se conocía. Sentía que el lugar donde vivía se me quedaba pequeño y que necesitaba salir de allí, pero no tenía dinero. Ganaba lo justo para ayudar a mi esposo. Aun así, soñaba con irme a España. No me conformaba con Estados Unidos, que era adonde la mayoría de la gente emigraba; yo quería irme más lejos.

  • De pequeño era un bala perdida. Todavía recuerdo los días de escuela en que salía de casa con la mochila y, una vez veía salir a mi madre, regresaba, tiraba la bolsa a mi habitación por la ventana (que ya había dejado convenientemente abierta) y me iba a jugar al muelle, donde me juntaba con otros niños. Y, mientras, mi pobre madre creía que estaba en clase… Nunca me gustó estudiar pero, ¿sabes?, siempre he tenido algo bueno: he sido muy curioso y, cuando algo me gusta, me ilusiono y ya no lo dejo. Aunque no he tenido estudios, siempre me he implicado mucho en todo lo que he hecho.