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mayo 2018

  • La tienda la abrieron en 1975 dos hermanas, Marta y María Ángeles, y se llamó Etcétera porque la idea era que abarcara diferentes secciones como juguetes, papelería y, ya en 1976, libros. Y así funcionó hasta 1987 cuando, tres años después de habérnosla quedado mi mujer y yo, decidimos dar el salto y dedicarnos únicamente a los libros. En aquel momento nos trataron de locos. «¿Cómo vais a vender solo libros?», nos decían. Nadie lo entendía, pero nosotros estábamos seguros de que especializarse era la mejor opción y, contra todo pronóstico, aquí seguimos treinta y un años después. 

  • No recuerdo muy bien a qué edad tenía cuando empezaron a hacerme pruebas. Por lo que me han contado mis padres, en primaria ya me vio la psicóloga del colegio y empecé una terapia con la logopeda y esta, posteriormente, me derivó al psiquiatra. Sin embargo, yo no tuve memoria de todo esto hasta más adelante, ya con once o doce años. Y es que, en realidad, para mí no era un problema. De hecho, hoy en día, con dieciocho años, sigo pensando que no es algo fuera de lo habitual. El déficit de atención e hiperactividad, es decir, el TDAH, forma parte de mí y yo no veo que pueda hacer menos cosas que los demás. No me limita.

  • Nunca he sabido estar quieto. La curiosidad y las ganas de aprender y hacer cosas nuevas siempre han estado presentes en mi vida. He tenido varias empresas, fundé el Museo de las Guilleries y el Grupo Excursionista Força, Forts i Ferms, y siempre he colaborado con entidades locales y comarcales. No obstante, no creo que sea algo fuera de lo normal. Para mí es importante ser útil y si además puedo hacerlo a través de la fotografía, me siento feliz. Cogí una cámara por primera vez a los dieciséis años y nunca más la he soltado. Nací en 1925, es decir, llevo setenta y siete años dedicándome a esto.

  • En realidad, yo quería ser bailarina. Recuerdo cómo mi padre ponía el disco del Lago de los cisnes y yo, enfundada en mi tutú, bailaba sin parar. Sin embargo, cuando me quisieron apuntar a danza, la escuela de mi pueblo cerró y la opción que me ofrecieron mis padres fue probar con la música. La verdad es que al principio me resistí. Esperé un año con la esperanza de que volvieran a abrir, pero no hubo suerte. Así que finalmente acepté apuntarme primero a la coral, después a solfeo y finalmente, a los ocho años, a violín. Así fue como, de la forma más inesperada, surgió la magia. No había vuelta atrás. La música vino a mí y me enamoré.