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marzo 2018

  • Las cosas nos iban bien; teníamos una vida de lo más normal. Mi marido era el encargado de la acequia del pueblo y yo me ocupaba de los niños y las tareas del hogar. Nunca había tenido que trabajar mucho; en mi familia éramos tres chicos y yo, así que siempre fui la niña de la casa. Y ya cuando me casé, mi madre me ayudaba en muchas cosas. Así que, con el trabajo de mi marido y algunas tierras que teníamos, nos apañábamos. Pero el verano de 1952 las cosas cambiaron, Manuel sufrió un accidente.

  • Mi historia empieza cuando tuve a mi primer hijo. Todos sabemos que la maternidad te cambia la vida de un modo u otro, pero en mi caso fue un revulsivo extremo. Tanto, que decidí dejar de trabajar para ocuparme de él y, al mismo tiempo, abordar algunos temas personales. Me atrevería a decir que es lo más duro que he hecho en mi vida. Sola en una ciudad en la que no conocía a nadie, sin trabajo, en tratamiento psicológico y con un bebé… Fueron muchas cosas a la vez que, para mi sorpresa, se juntaron con algo que hasta entonces jamás había creído posible: me sentí  juzgada por otras mujeres. Reconozco que mi decisión fue radical. Se podría decir…

  • Ya conocía la enfermedad por mi madre. Cuando ella empezó con los primeros síntomas, los médicos no sabían qué le ocurría. Nadie daba una explicación convincente a su trastorno. Mi hermana viajó e investigó hasta que un día encontró información procedente de Alemania. Allí había un doctor que investigaba procesos similares. Aunque no existía tratamiento posible y ella estaría enferma muchos años, por fin tuvimos un diagnóstico. Mi madre, como yo, sufría Alzheimer.