Siempre había querido ser misionero. En esa época no era fácil que te aceptaran la petición de ir a según qué países, pero en 1961, tras tres años de espera, por fin aceptaron mi solicitud. Me destinaron a Ruanda junto a otros compañeros del seminario. Nos fuimos ilusionados; íbamos con muchas ganas de ayudar y cambiar las cosas. Nuestra mentalidad europea nos hizo pensar que con algunos medicamentos y mucha voluntad podríamos mejorar las cosas rápidamente. Estábamos tan equivocados… 

Las artes escénicas son mi vida. Empecé con el ballet cuando tan solo tenía cinco años y no he parado hasta ahora. Me he formado en danza, canto e interpretación. Un camino que no habría podido seguir sin mis padres. Me respaldaron incluso cuando en el colegio, pese a dedicarle muchas horas, los resultados no siempre eran los esperados. Me resultaba complicado, pero sabían que me esforzaba y con eso ya les valía. A diferencia de los profesores, ellos creyeron en mí. Entendieron que mi futuro estaba en el mundo del arte, pero también estuvieron a mi lado en los estudios. Siempre me ayudaron a superarme. Nunca dejaré de agradecérselo.

Hasta los doce años tuve una niñez muy bonita, pero luego la vida se me complicó un poco. Mi padre sufrió un accidente y, tras una estancia de tres meses en el hospital, se quedó cojo. La incapacidad le impidió seguir con su trabajo y a mi madre y a mí nos tocó ponernos al frente de nuestra familia numerosa; éramos seis y dos años después acabaríamos siendo siete. Fue un cambio complicado al que siguieron tiempos de mucho trabajo que finalmente nos llevarían a emigrar.

A lo largo de mi vida me he reinventado muchas veces. He sido aprendiz de mecánico, camarero, cortador de piel, patronista, conductor de furgonetas y agente de seguros. Han sido muchos los cambios, algunos voluntarios y otros no; pero había que seguir adelante. Ya sabes, si la vida te da limones, haz limonada.

Nací en 1905 y mi destino era trabajar en el campo por un plato de comida durante toda la vida. No lo acepté y cambié mi suerte. Con siete años me tocó cuidar de las vacas, de joven hubo épocas en las que comí cada día lo mismo y ya de adulto viví una guerra y conocí las cartillas de racionamiento. Nunca me rendí. Siempre miré hacia delante.

Mis padres nunca se dieron cuenta, siempre había estado delgada y había tenido problemas de salud relacionados con la alimentación. De pequeña comía más bien poco y fui una niña bastante enfermiza. Así que, cuando empecé a tontear con la comida, no notaron esos kilos de menos.

Mi sueño era ser mecánico y vivir fuera de España: sin embargo acabé siendo carpintero y enamorándome de una española. Ya ves, las cosas no siempre salen como nos las imaginamos y aun así se puede tener una buena vida. Con el oficio me tocó seguir la «dictadura de los padres» y con el amor, pues poco pude hacer, la verdad. Eso sí, fui un poco hippie y hasta que no me casé, no senté la cabeza.

Queríamos ser padres y en ningún momento nos habíamos planteado que las cosas podían ser complicadas. ¿Por qué debían serlo? Todas mis amigas se estaban quedando embarazadas sin problemas y ahora me tocaba a mí. No fue así. Empezamos a probar, pero nuestro turno no llegaba. Poco a poco, la maternidad se convirtió en un reto que parecía inalcanzable.

Si algo me define, es que me he quedado aquí, en el pueblo, cerca de los míos. Sé que a algunos les extrañará, al fin y al cabo hasta hace bien poco la gente creía que el que se iba volaba muy alto. Yo misma me lo llegué a creer. Eso de «ser de pueblo» estaba muy mal visto y la gente conseguía que te sintieras avergonzado de tus raíces. Pero ya no, este es mi mundo y soy la prueba de que en un pueblo pequeño también se puede llegar lejos y ser feliz.