Era muy frustrante; pese a hacer lo mismo que hacían los demás, no alcanzaba los objetivos. Por más que estudiara e hiciera los deberes, no me iba bien. No lo entendía, ¿cómo era posible? ¿Por qué ellos sí y yo no? Mis padres me decían que no me preocupara y me ofrecían alternativas, pero en la escuela opinaban de otro modo. Allí me aseguraban que no tenía ningún problema. Incluso me hicieron un test de inteligencia y la psicóloga dijo que les tomaba el pelo. Consiguieron que perdiera las ganas de asistir a clase… ¿Por qué iba a ir si me reprochaban que lo hacía mal?

La familia lo era todo para él, pero conmigo tenía una obsesión que nunca tuvo con mis hermanas. El motivo nunca lo supe, quizá porque yo era la mayor o por mi modo de ser o por cualquier otra razón que ya nunca sabré. De lo que sí soy totalmente consciente es de que fue demasiado estricto. Con perspectiva, he visto que hay cosas que quizá debería agradecerle. Puede que sin él no hubiera llegado hasta aquí; siempre estuvo detrás de mí, insistiendo para que siguiera adelante. Sin embargo, crecí con miedo y ningún niño debería temer a su padre.

Las cosas nos iban bien; teníamos una vida de lo más normal. Mi marido era el encargado de la acequia del pueblo y yo me ocupaba de los niños y las tareas del hogar. Nunca había tenido que trabajar mucho; en mi familia éramos tres chicos y yo, así que siempre fui la niña de la casa. Y ya cuando me casé, mi madre me ayudaba en muchas cosas. Así que, con el trabajo de mi marido y algunas tierras que teníamos, nos apañábamos. Pero el verano de 1952 las cosas cambiaron, Manuel sufrió un accidente.

Mi historia empieza cuando tuve a mi primer hijo. Todos sabemos que la maternidad te cambia la vida de un modo u otro, pero en mi caso fue un revulsivo extremo. Tanto, que decidí dejar de trabajar para ocuparme de él y, al mismo tiempo, abordar algunos temas personales. Me atrevería a decir que es lo más duro que he hecho en mi vida. Sola en una ciudad en la que no conocía a nadie, sin trabajo, en tratamiento psicológico y con un bebé… Fueron muchas cosas a la vez que, para mi sorpresa, se juntaron con algo que hasta entonces jamás había creído posible: me sentí  juzgada por otras mujeres. Reconozco que mi decisión fue radical. Se podría decir…

Ya conocía la enfermedad por mi madre. Cuando ella empezó con los primeros síntomas, los médicos no sabían qué le ocurría. Nadie daba una explicación convincente a su trastorno. Mi hermana viajó e investigó hasta que un día encontró información procedente de Alemania. Allí había un doctor que investigaba procesos similares. Aunque no existía tratamiento posible y ella estaría enferma muchos años, por fin tuvimos un diagnóstico. Mi madre, como yo, sufría Alzheimer.

Ya en educación infantil me di cuenta de que mi hijo tenía algún problema. Confundía los colores y no leía como los demás… Lo comenté con sus profesores, pero no me hicieron caso. Me dijeron que lo comparaba con mi hija, que cada niño era diferente, que lo sobreprotegía, que me tomaba el pelo… Fue muy duro, pero nada ni nadie harían que me rindiera. No pararía hasta saber qué le pasaba a mi hijo. 

Es muy difícil de explicar. La sensación que tienes dentro no se puede entender si no pasas por ello: vacío, apatía… No quieres llorar, no quieres que estén pendientes de ti, pero en muchos momentos la situación puede contigo. Sientes que las circunstancias te convierten en otra persona; no sabes cómo controlarlo, cómo desahogarte. Es muy frustrante. Yo tenía mis prioridades muy bien definidas, sabía lo que quería; no necesitaba esto. El cáncer es una vivencia innecesaria.

Competir en países tan lejanos como Qatar y Estados Unidos, crear una competición nacional junto con otros compañeros, dar charlas y talleres sobre el tema, aprender, crecer como persona y muchas cosas más. Jamás me hubiera podido imaginar que mi interés por la robótica podría llevarme a vivir todo esto. Y cuando pienso que todo empezó en mi colegio de Palafrugell…

Siempre había querido ser misionero. En esa época no era fácil que te aceptaran la petición de ir a según qué países, pero en 1961, tras tres años de espera, por fin aceptaron mi solicitud. Me destinaron a Ruanda junto a otros compañeros del seminario. Nos fuimos ilusionados; íbamos con muchas ganas de ayudar y cambiar las cosas. Nuestra mentalidad europea nos hizo pensar que con algunos medicamentos y mucha voluntad podríamos mejorar las cosas rápidamente. Estábamos tan equivocados…