Ese no era mi lugar

25. 11. 2018

Ana, joven, emprendedoraSeguí el camino que se suponía que debía seguir. De hecho, incluso logré mucho antes de lo habitual lo que la sociedad espera de nosotros. Fui a la escuela, al instituto y a la universidad y encontré trabajo de lo que, en teoría, era lo mío. Estudié periodismo y conseguí un puesto como becaria en la televisión de mi ciudad donde, en tan solo dos años, acabé presentando el informativo de deportes. ¿Te lo puedes imaginar? Había conseguido llegar a lo más alto y todo el mundo estaba muy orgulloso de mí. En los tiempos que corren, era una suerte. Sin embargo, algo empezó a removerse dentro de mí. Sentía que ese no era mi lugar.

Me encontraba en una situación aparentemente idílica. Me acababa de licenciar y poco a poco me había ganado la confianza de mi jefe para hacer cosas que iban mucho más allá de unas prácticas. Y eso no es nada fácil cuando una sale de la carrera de periodismo. Tenía compañeros que lo hubieran dado todo por ese puesto. Sin embargo, yo no me veía así toda la vida. Estaba orgullosa de haberlo logrado, y ahora lo veo como una experiencia muy bonita y de la que aprendí mucho, pero me faltaba algo.

No sé explicar muy bien cómo me di cuenta, pero tenía como una sensación de no pertenencia. No me sentía cómoda y me parecía que podía hacer mucho más. Es probable que el hecho de que me mantuvieran el contrato de prácticas incluso cuando ya hacía el trabajo de presentadora no ayudara. Aunque era consciente de que es algo habitual en mi sector, no estaba dispuesta a conformarme. Había demostrado que podía hacer el trabajo que me pedían y debían recompensarme por ello. Solo lo intentaron cuando dije que me iba. Ya era demasiado tarde… la decisión estaba tomada.

Ana, mujer, emprendedoraNo obstante, qué complicado fue tomarla. La sociedad en la que vivimos te presiona para seguir ese camino. Al fin y al cabo, lo fácil es tener un trabajo normal y corriente. No está bien visto salirse de lo que se considera como «lógico». Y qué decirte de mis padres… Estaban tan contentos de que su hija ya estuviera situada con tan solo veintidós años y voy yo y, de repente, les digo que no lo quiero. Y no solo eso, sino que lo quería dejar sin saber muy bien qué iba a hacer. Sí tenía claro que quería crear algo relacionado con la comunicación, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo.

Mis padres, pese a la sorpresa que se llevaron, siempre me apoyaron, y eso se lo agradezco mucho.

Ahí reconozco que quizá me precipité. Supongo que me dejé influenciar un poco por este boom que hay en las redes sobre la mujer emprendedora y del «si quieres, puedes». «Lánzate, no tengas miedo, solo necesitas una página web», te dicen. Te lo pintan todo tan bonito que caes. Tienes tantas ganas de cambiar, de tener algo tuyo, que lo intentas. Al fin y al cabo, eres joven y no tienes nada que perder. Pero, claro, aunque lo hagas bien, consigas una beca en un vivero de industrias, te formes y tengas muchas ideas, no dejas de estar sola de la noche a la mañana. «Ahora, ¿qué hago?», te preguntas. ¿Dónde están esos clientes que me habían prometido?

Los primeros meses fueron muy complicados. Ilusión, ganas y esfuerzo no me faltaban. Sin embargo, tenía tantas dudas… Es muy difícil hacerse un hueco. Además, yo misma me saboteaba. Llegué a pensar que, como soy joven, no tenía nada que aportar. Lo sé, una tontería porque más bien es lo contrario, los jóvenes somos el futuro. Pero, ¿cuántas veces has oído eso de que la gente joven no hace nada? Pues bien, ahora, casi un año después de haberme lanzado al abismo y con mi agencia de comunicación en marcha, puedo confirmarte que eso no es verdad. Somos muchos los jóvenes emprendedores que estamos aportando valor.

No negaré que a veces nos equivocamos o estamos un poco perdidos pero, ¿acaso es eso algo exclusivo de nuestra generación? Sinceramente pienso que hay que escuchar lo que te dice el corazón. Yo lo hice y no me arrepiento para nada de mi decisión. De hecho, siento que es lo mejor que he hecho en mi vida. Quizá habría necesitado que alguien me dijera que no es tan fácil, que hay que pensarlo bien, que los clientes no surgen de la nada. Pero, cuando te acabas sintiendo realizada… es lo más bonito que puede pasar. No es fácil; hay momentos en los que te desesperas y quieres tirar la toalla. Pero mientras te muevas, algo saldrá. No hay que dejar de trabajar.

Me gustaría decirles a todos esos jóvenes que no saben qué harán con su vida, que se dejen guiar por su instinto.

Ana, joven, emprendedora

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