Soñaba con irme a España (segunda parte)

18. 11. 2018

emigrar, superación, trabajo duroEstaba tan oscuro y llovía tanto… Pese a la alegría de haberlo logrado, sentí una soledad muy grande. «¿Ahora, qué?», pensé. Teníamos puesta nuestra esperanza en el hermano de nuestra compañera de viaje, por lo menos esa noche. Su primera reacción fue de sorpresa. Éramos muchos y no cabíamos todos en el coche. En caso de que aceptara, deberíamos coger un taxi. Pero yo no podía. Ya me habían quitado cien dólares en Miami y no debía gastar más dinero. Por suerte, el señor tenía corazón de colombiano auténtico. No solo nos dejó quedarnos una noche en su casa, sino que volvió a por nosotros. Dios le bendiga, gracias a él no tuvimos que pasar ni una noche en la calle.

Pero, claro, era solo una noche. Al día siguiente debíamos buscar otro alojamiento. Y, una vez más, él y su esposa nos ayudaron. Conocían a una señora que acababa de alquilar un piso que aún estaba vacío. Hablamos con ella y aceptó realquilarnos una habitación. No había ni muebles ni nada, pero por lo menos tendríamos un techo bajo el que dormir. Además, nos dijeron que allí la gente tiraba cosas buenas a la basura, y algo ya encontraríamos. Lloré tanto… Jamás había pensado que me vería recogiendo cosas en la basura, pero no había otra. Me armé de valor y salí a buscar. ¿Puede creerse que encontré unas sábanas que olían a suavizante Lenor? Todavía hoy tengo ese olor grabado en la memoria.

Recuerdo que pensé «cómo puede ser que la gente tire las cosas lavadas».

emigrar, superación, trabajo duroEntre lo que encontramos en la calle y lo que nos dio la iglesia pudimos protegernos de cara al invierno. En una semana pasamos de ser tres a vivir diecisiete personas en ese piso. Éramos muchos, pero hay que decir que llegamos a ser como una familia. Hubo momentos bonitos. Yo enseguida hice como de madre de los pollitos. Tanto, que los chicos se ofrecieron a pagarme algo como agradecimiento. Me ocupaba de lavarles la ropa, de hacerles la comida… Todos eran más jóvenes que yo, y me daba mucha pena verlos así. Algunos se enfermaban de las piernas porque en la recogida del ajo las tenían todo el día bajo el agua. Lo pasaban muy mal…

Y yo, bueno, no me podía quejar. Sentía una tristeza enorme por no tener a mis niños y a mi niña cerca, pero sabía que podría salir adelante. ¿Sabe usted cuándo estuve segura de ello? Pues a los dos días de llegar, cuando acudí al locutorio para regresar el dinero. Estaba muy preocupada. Con el pago del alquiler del piso y de las radiografías ya no tenía todo el dinero y no sabía cómo lo iba a hacer. Sin embargo, la fortuna me volvió a acompañar. Con el cambio de moneda, no solo llegaba para recuperar la moto, sino que sobraba dinero. ¡Pude mandar dinero para que les compraran a mis niños ropa de estreno para año nuevo! Casi lloraba, no me podía creer que me rindiera tanto. La felicidad que sentí fue más grande que haber pasado inmigración.

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En mi país, por muy pobre que seas, siempre se estrena ropa en Navidad y en Año Nuevo. Es una tradición.

En fin, a partir de ahí, fui conociendo a gente que me ayudó mucho. Enseguida empecé a trabajar limpiando. A los tres meses tenía más trabajo del que podía atender y pronto me ofrecieron un puesto como camarera en un restaurante en el que me pagaban más y, además, me tramitaron la documentación. Siempre me he encontrado a tantas personas buenas… Al año y medio de haber llegado tenía mis papeles y mi piso, y me había podido traer a dos de mis hijos y a mi hermana. Eso fue maravilloso. Mi jefe veía que sufría por no tener a mis hijos conmigo y, un buen día, me dijo delante de todos mis compañeros: «Tú mira cuánto te cuestan los billetes para tus hijos y yo te presto el dinero».

¿Se puede imaginar mi cara? Nunca me pidió nada a cambio, siempre me respetó. Quiso ayudarme porque le salió del corazón… Y la mayor sorpresa llegó cuando, ese mismo día, la señora de una de las casas donde había trabajado se ofreció a pagar el viaje de mi hermana para que viniera a trabajar para ella. Yo no salía de mi asombro. Compramos los billetes con un día de diferencia. Increíble, ¿verdad? Pero, como siempre, no todo es perfecto. Mi esposo no me dejó traer a mi hijo pequeño. Qué pesar, me entristeció tanto…

Yo pensé que podría traer a los tres. Él ya había formado otra familia y mi jefe estaba dispuesto a dejarme el dinero para traérmelos a todos, pero él no le dejó venir. Me fui cuando el niño tenía cuatro años y no lo tuve aquí hasta que cumplió los quince… Si bien, gracias a las propinas, podía viajar cada año a verlo, fue muy duro, sobre todo para sus hermanos. Ellos no llevaron bien ni la separación ni la adaptación. No los culpo, casi no les dejaba salir. Pasaron de vivir en un país donde pasamos mucho tiempo en la calle, a ir cada día de casa al colegio y del colegio a casa. Estaban aburridos, y lo comprendo, pero mi temor a que les pasara algo malo era muy fuerte. Menos mal que fueron buenos niños y no se rebelaron.

Realmente, he sido muy afortunada. Ha habido malos momentos y algunas equivocaciones. Cometí el error de comprarme un piso, y también el de abrir mi propio negocio. Y, como a muchos otros, la crisis me acabó expulsando de España. Hace nueve años me tocó volver a emigrar y empezar desde cero en Alemania pero, una vez más, solo con mi esfuerzo salí adelante. Tanto es así que hace un año logré abrir un restaurante en Colombia para poder ayudar a los míos. Y esa es mi mayor recompensa. Sigo limpiando y trabajo igual de duro que cuando llegué, no ha cambiado nada. Sin embargo, con la cabeza muy alta puedo decir que soy feliz. Ahora tengo esa vida que tanto soñé.

Todo lo que tengo lo he construido de la nada y eso para mí es lo máximo.

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2 Comentarios

Maria B. 22. 11. 2018 - 10:01

La verdad es que esta vida vale un libro! Valentía y no perder nunca la esperanza de creer en lo mejor para los tuyos.
Muchas gracias por querer compartirlo, y estés dónde estés ahora, un gran abrazo!

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Historias que importan 25. 11. 2018 - 14:39

Maria, yo me encargaré de darle el abrazo. Un beso.

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