Soñaba con irme a España (primera parte)

11. 11. 2018

emigrar, superación, trabajo duroMi historia empieza en el momento en que decidí venir a Europa, en septiembre de 1998. Lo recuerdo muy bien porque era una época de mi vida en la que me encontraba saturada. No sé si llamarlo depresión, pues entonces no se conocía. Sentía que el lugar donde vivía se me quedaba pequeño y que necesitaba salir de allí, pero no tenía dinero. Ganaba lo justo para ayudar a mi esposo. Aun así, soñaba con irme a España. No me conformaba con Estados Unidos, que era adonde la mayoría de la gente emigraba; yo quería irme más lejos.

Mi amiga me había contado que en España eran también católicos como nosotros y pagaban mucho dinero por cuidar de los viejitos. Era muy bonito todo lo que me decía; solo nos faltaba conseguir el dinero. Así que un día me dijo que le habían hablado de una señora de Cali. Si le gustabas, te ponía en contacto con unas personas en España que te hacían los papeles y te pagaban el viaje. A cambio, tenías que trabajar unos meses con ellos hasta saldar la deuda. Tal y como lo pintaban, se ganaba tanto dinero que podías pagarlo todo en un mes. Sobre el papel, se veía perfecto. Era lo que yo necesitaba. Así que fuimos a verla.

emigrar, superación, trabajo duroPiense usted que por aquel entonces yo era muy joven e inocente. Tenía veintiocho años, me había casado con dieciséis y me había dedicado a cuidar de mis dos hijos y mi hija. Jamás había salido de mi barrio. Sospeché de un tema de drogas, pero jamás pensé en lo que era realmente. Al llegar, la señora me cogió del brazo, me hizo dar unas vueltas sobre mí misma y me dijo: «Tú estás muy bien, y tu color allí triunfa». Me quedé de piedra. ¿Qué quería decir con eso de mi «color triunfa»? Éramos pobres, pero mis padres me educaron con unos principios y valores, y yo no estaba dispuesta a hacer eso.

Salí de allí muy decepcionada. Sin embargo, sabía que esa no podía ser la única opción. Tenía que haber otro modo. Además, la señora nos había dicho que no necesitábamos visado, así que no podía ser tan complicado. Me fui a una agencia de viajes a preguntar y, efectivamente, el proceso era sencillo, pero caro, muy caro. Necesitaba lo que ahora serían unos dos mil euros para pagar el billete y la documentación que nos podían pedir en inmigración. ¿Cómo iba a conseguir ese dineral? Solo había una forma, hipotecando la casa de mi mamá. Necesitaba su bendición.

Hablé con ella y le conté todas las cosas bonitas que me habían dicho, y ella confió en mí. Todos lo hicieron. Mi mamá me dejó hipotecar la casa; mi hijo mayor entendió que si me iba les podría dar muchas cosas que en ese momento eran inalcanzables para nosotros; mi esposo empeñó la moto para conseguir los quinientos dólares que me habían dicho que debía llevar encima en el viaje; mi hermano me ayudó a comprar la ropa porque se suponía que era una ejecutiva y no podía viajar con ropa vieja, y mi otro hermano me pagó la maleta.

Mi hijo mayor estaba muy ilusionado, pues en ese momento eran muy pocos los que emigraban a Europa. «Les diré a mis amigos que mi mamá está en España», me dijo. Los otros dos eran demasiado pequeños para comprender…

¿Se puede imaginar usted? Toda la familia depositó su esperanza en mí… era una responsabilidad muy grande. Yo no sabía si lograría llegar a España, y si me devolvían no tenía modo de pagar ni la hipoteca, ni el dinero del empeño de la moto que era la herramienta de trabajo de mi esposo. Las semanas anteriores al viaje fueron muy complicadas. Además, a ese miedo de perderlo todo se sumaron los cambios de fecha del viaje. Dos veces me lo pospusieron porque estaban devolviendo aviones enteros. No me lo podía creer, ver las noticias era devastador. Es horrible estar ahí sentada en el sofá viendo que eso te puede pasar a ti. Y toda esa gente que había hipotecado su vida…

No obstante, llegó la fecha definitiva. Iba a viajar el veintiséis de diciembre junto a una amiga y otro chico del barrio. Ese día salí de casa de madrugada sin despedirme de mis hijos. No pude… estaba muy nerviosa. Nos habían dicho que comiéramos en el avión para que no pensaran que llevábamos drogas. ¿Y si vomitaba y me mareaba? Tenía miedo. Era la primera vez que volaba y ese día iba a subirme a tres aviones distintos, con sus tres controles de inmigración, para acabar aterrizando en Valencia. La ruta fue: Miami, Italia, España.

Yo no quería hacer nada malo, solo sacar adelante a mis hijos.

Qué le puedo contar del viaje más largo de mi vida… Tantas horas, tantos nervios… Lo pasé mal. El control en Miami fue tenaz. Nos obligaron a desnudarnos y nos hicieron radiografías para ver si llevábamos drogas. Cien dólares tuve que pagar por la radiografía. A todos los colombianos nos hicieron lo mismo. Sin embargo, la señora junto a la que me tocó sentarme lo pasó mucho peor. Pobrecita, tenía la edad de mi mamá. Estaba muy nerviosa. Ella sí estaba mal. No sé por qué, pero sentí que debía hacerle compañía y ayudarla. No nos despegamos en todo el viaje y poco a poco nos fuimos conociendo.

Me contó que tenía un hermano en Valencia. «Qué suerte», pensé. Por lo menos tenía un lugar adonde ir. Nosotros no teníamos nada, ni siquiera dónde dormir. Más tarde, cuando pasamos el control en Italia, me sorprendió: «Mire, me ha ayudado usted tanto que voy a hablar con mi hermano para que le ayude». Pero yo no estaba sola, no podía dejar a mis compañeros de viaje. Aunque eso complicaba las cosas, lo iba a intentar. Y así, con un poco más de esperanza, el avión aterrizó en Valencia a las once de la noche. Todo había ido bien. No sabía cómo le devolvería los cien dólares que me habían hecho pagar a mi esposo, ni si esa noche tendría dónde dormir, ya veríamos qué pasaba… Pero ahí estaba yo, con mis pies –helados y enfundados en pleno invierno en unas sandalias de verano– tocando suelo español. ¡Lo había logrado!

En mi vida había sentido ese frío, pero estaba en Europa. Daba gracias a Dios.

emigrar, superación, trabajo duro

5
Comparte la historia Facebook Twitter Google + Pinterest

No te pierdas estas otras historias

Únete a la conversación