Quise tenerlo todo bajo control y acabé agotada

14. 10. 2018

motherhood, maternidad, mujer, hijos, historias que importan, retrato, portraitTodo empezó cuando tuve mi primer hijo hace cinco años. Yo tenía muchas ganas de ser mamá y, en mi mente, lo tenía todo muy bien organizado. Me cogería la baja de maternidad, haría muchas actividades con el niño y, una vez volviera a trabajar, sería a media jornada para poder dedicarle más tiempo. Además, estaba convencida de que el niño encajaría perfectamente en nuestra vida, sin que el equilibrio familiar se viera afectado. Sin embargo, las cosas no fueron como yo me las había planteado. Quise tenerlo todo bajo control y, pese a ser muy feliz, acabé agotada.

Al principio no me percaté de mi estado de fatiga. Siempre había tenido una vida social muy activa y así seguí durante el primer año de vida de mi niño. Desde fuera, todo era igual; la única diferencia estaba en que, en lugar de ir sola, iba con el niño. Me reunía con el grupo de caminata, almorzaba con mi marido, quedaba con mis amigas y me encargaba de todas las tareas que creía que debía asumir. Todos los días con el mismo ritmo; no lo bajé ni cuando volví al trabajo.

Evidentemente, lo que acabó pasando fue que terminé exhausta. Si bien lo tenía todo, un hijo precioso, un marido maravilloso y un buen trabajo, había noches en las que me echaba a llorar de puro agotamiento. Sin embargo, asumí que era normal, pues todos me habían advertido de lo cansada que estaría el primer año de vida del bebé. Y, bueno, ¿acaso no me había metido allí porque yo quería? Era mi responsabilidad y debía hacerme cargo de la situación.

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Así, mi vida transcurría entre el trabajo, la maternidad y mi papel de esposa. En ningún momento me permitía ratos de ocio; no sabía ser madre de otra forma. Quería lo mejor para mi hijo, y si para eso era necesario estar agotada, lo iba a estar. Al fin y al cabo, estaba haciéndolo tan bien como podía y eso tenía que valer… Valía, claro que sí, pero no hacía falta llegar a ese punto de exigencia. Lo vi claro el día que una amiga me preguntó: ¿por qué tienes que hacerlo todo tú, es necesario que te exijas tanto?

Me quedé muda. ¿No era eso lo que tenía que hacer? No, por lo menos no de ese modo. Mi niño lo único que necesitaba era una madre que le quisiera y estuviera bien. Mi cansancio y mi afán por tenerlo todo bajo control no le servían de nada. Debía bajar el ritmo y, lo más importante, encontrar mi espacio dentro de ese conjunto de papeles que había asumido desde que me había convertido en mamá.

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El primer año de vida de mi hija fue perfecto. Me sentía descansada y en perfecta armonía, con el gusto de cuidar de un bebé.

¿Cómo lo iba a hacer? Pues de una forma muy sencilla a la par que complicada. Debía encontrar tiempo para mí, momentos en los que no fuera ni madre, ni esposa, ni profesional, tan solo yo misma. Tiempo para alguna actividad, quizá sin importancia, pero que para mí fuera importante. No fue sencillo. Tardé mucho en encontrar ese espacio. De hecho, ironías de la vida, el cambio llegó tres años después, con el nacimiento de mi hija. Con ella todo fue distinto. Ya no traté de llegar a todo y me tomé la vida con mucha más filosofía.

Aunque antes de que ella naciera ya había empezado a relajarme y había probado diferentes actividades, nada me había servido para desconectar. O seguía pensando en mis tareas, o me sentía culpable. Ya sabes, ese sentimiento que todas las madres hemos tenido en algún momento de que «estás aquí corriendo mientras tu hijo está en casa». Pero un día, mientras le daba pecho, descubrí la papelería viendo un vídeo de Youtube. Te preguntarás, ¿la papelería, en serio? Lo sé, dicho así puede que suene ridículo, pero te aseguro que a mí me ha cambiado la vida. Me ha regalado un espacio que es solo para mí.

Por un lado, es algo que me aporta una gran satisfacción. En media hora puedo hacer un proyecto de principio a fin del que me siento orgullosa, pues es algo que no requiere mucho tiempo y eso, con niños pequeños, es muy importante. No siempre tengo media hora seguida, pero aprovecho todos los minutos que puedo. Llego a casa y bajo rápido a guardar lo que me ha llegado ese día por correo, terminamos de comer y aprovecho para preparar los materiales, y así, con unos minutos de aquí y otros de allí, acabo encontrando mi tiempo.

La gente me pregunta de dónde saco el tiempo, pero sinceramente creo que el tiempo lo creamos, no nos lo encontramos.

Y por otro, cada uno de esos momentos en los que me escapo al taller son puras chispas de energía que me permiten seguir siendo yo. No solo verme definida por los diferentes papeles que desempeño a lo largo del día. Cuando bajo es como si me quitara la máscara y nada importara. Allí, nadie me juzga o evalúa, ya que lo estoy haciendo para mí. Con la tarjetería desconecto y vacío la cabeza de todo lo demás. Me permite ser yo misma y nada más, sin horarios ni plazos ni expectativas.

Todos, y en especial los padres, deberíamos tener algo que nos permitiera desconectar. ¿Por qué será que nos exigimos tanto? ¿Y por qué ese afán de perfección? Nuestros niños nos aman como somos; no hace falta que nos pongamos un listón tan alto. No es fácil deshacerse de la culpa. Pero, con el tiempo, me he dado cuenta de que tener mi afición –por pequeña que sea– me aporta un beneficio tan grande que vale mucho más que todas esas cosas que se quedan por hacer. A fin de cuentas, si yo estoy bien, toda la familia está bien.

Aunque sabemos que es importante encontrar satisfacción más allá de las obligaciones, los padres tenemos un gran defecto compartido que nos limita mucho: la culpa.

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