Soy española y suiza, en ese orden

03. 06. 2018

emigración, hijos, retrato

Mis padres son suizos. Mi madre nació en Suiza y mi padre se hizo el pasaporte allá por 1974, cuando yo tenía cuatro años. Hasta entonces, él había sido español y yo también, pero decidió renunciar a su nacionalidad. Nunca me ha dicho qué motivó su decisión. Quizá, al empezar una nueva vida, quiso cortar y empezar de cero. No lo sé. Sin embargo, esa semilla española ya estaba dentro de mí y nunca se fue. Al contrario, fue creciendo cada vez más hasta que, cuando ya fui mayor de edad, conseguí recuperar mi pasaporte. Desde entonces, soy española y suiza, en ese orden.

Yo nunca perdí el pasaporte. Aunque mi padre renunciara, para las autoridades españolas yo seguía constando como española.

Mi padre llegó a Suiza en 1960. Entró de forma ilegal en busca de trabajo y, como te puedes imaginar, los primeros años fueron muy duros. No hablaba el idioma, el clima era malo, la gente muy cerrada… Durante muchos años estuvo dudando entre quedarse o irse a Suecia. No acababa de encajar pero, entonces, conoció a mi madre y se enamoró. Se casaron ocho meses más tarde, y tres años después, en 1971, nací yo. Pero lo curioso es que él no me ha contado casi nada. Muchas de estas cosas las he descubierto al leer las cartas que le escribía a su hermana. Las conservo todas; para mí son un tesoro.emigración, hijos, vida

Los primeros diez años de mi vida no supe prácticamente nada de mi familia española. Sabía que tenía tíos y primos, y recuerdo haber viajado a España justo después de la muerte de Franco, pero ese fue todo el contacto que tuve durante esos años. Aunque mi padre nunca dejó de cartearse con mi tía, yo no supe más hasta unos años después. Él lo único que me explicó es que había perdido a su padre en la Batalla de Madrid y a su madre poco después, debido a una enfermedad, de manera que sabía que había crecido huérfano y poco más. No le juzgo. La integración debió ser complicada.

En esos momentos Suiza estaba en contra de los inmigrantes, incluso hubo votaciones al respecto. Supongo que su opción fue integrarse del mejor modo que pudo, aunque eso significara renunciar a su nacionalidad y no hablarme mucho en español. Aunque él suele bromear diciendo que fui yo quien no quiso hablarlo. La verdad es que no lo recuerdo muy bien… El contacto real con el idioma lo tuve cuando, con once años, me mandaron por primera vez a pasar el verano con mi tía y mis primos. Jamás olvidaré el día que llegué a Lanzarote. No sé por qué, creía que me defendía bien en español y, en el momento en que mi tía empezó a hablar, me di cuenta de que no entendía absolutamente nada.

emigración, hijos, retratoEse verano vendría seguido de muchos otros… Poco a poco fui aprendiendo el idioma y, al mismo tiempo, mi amor por España fue creciendo a pasos agigantados hasta que, hace diez años, llegó lo que para mí fue un momento clave. Hacía tiempo que deseaba disfrutar de un año sabático. Me gusta mucho viajar, por lo que pensé que lo menos que podía hacer era ir a vivir a España y hacer honor a mi pasaporte. Cuando estaba pensando cuál iba a ser mi destino, una amiga me invitó a ir a Valencia. De verdad que no tengo palabras para describir lo que sentí… Lo mío con esa ciudad fue amor a primera vista. Tan solo una hora después de llegar ya sabía que ese era el lugar. «Aquí me quedo, esta será mi ciudad», pensé. Volví a Ginebra y catorce meses después ya lo tuve todo listo para conocer mi país de origen.

Viajé a Valencia, busqué piso y me instalé. En mi primer sábado allí, ahí estaba yo, sola en mi piso de alquiler dispuesta a estudiar la conjugación de los verbos. Exacto, no es una imagen muy idílica, pero sabía que era algo que podía pasar. Me había mudado a una ciudad en la que no conocía a nadie, y las cosas podían ser complicadas. Para mi sorpresa, no lo fueron. Cuando llegué, mi casera me presentó a un vecino. Este me había dicho que me invitaría a su casa, pero yo no esperaba que cumpliera su palabra. Aquí en Ginebra todo el mundo te dice que te llamará, pero nunca lo hacen. Es algo impensable. Sin embargo, en España ocurre todo lo contrario. Justo cuando abrí el libro, llamaron al timbre. Era mi vecino, que me venía a buscar para reunirnos con sus amigos.

Con ese pequeño gesto empezó mi vida en Valencia. Mi vecino y sus amigos me integraron en su grupo y enseguida me sentí como en casa. Fue un año maravilloso: estudié español, visité diversas ciudades y, sobre todo, conocí la cultura y a su gente. Puede que suene a tópico, pero la espontaneidad y la alegría de los españoles no la he visto en otro lugar. Nunca os quejáis, afrontáis la vida de forma diferente y, aunque las cosas vayan mal, os organizáis y os ponéis en marcha. Vuestra vitalidad parece inagotable.

Si hubiera sido por mí, me habría quedado en España sin pensarlo dos veces pero llegó la crisis y, con ella, mi querida Valencia se derrumbó. Fue tan triste… en tres meses todos mis amigos se quedaron sin trabajo y las calles se llenaron de carteles de «se vende». No me quedó otra alternativa que regresar a Suiza. Si los de allí se tenían que ir, ¿cómo iba yo a encontrar trabajo? Se me rompió el corazón, pero así es la vida. En cualquier caso, jamás olvidaré ese año y siempre que puedo vuelvo de vacaciones. ¿Sabes cuando tienes la impresión de haber encontrado tu lugar en el mundo? Eso es lo que siento yo con España y, en particular, con Valencia.

Durante mucho tiempo me he sentido incompleta, me faltaba algo. Echaba de menos mi vida allí.

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1 comment

Alejandro 03. 06. 2018 - 22:50

Es una historia preciosa. Recuerdo aquella cata de vinos en casa de Dani, y como aquella pelirroja pecosa observaba sonriente a todo el mundo. Me siguen preguntando por la suiza y me sigue sorprendiendo cuanta gente te recuerda con cariño. Un beso Anita

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