Quería ser bailarina y me acabé enamorando de la música

06. 05. 2018

música, vida, historias que importan, violínEn realidad, yo quería ser bailarina. Recuerdo cómo mi padre ponía el disco del Lago de los cisnes y yo, enfundada en mi tutú, bailaba sin parar. Sin embargo, cuando me quisieron apuntar a danza, la escuela de mi pueblo cerró y la opción que me ofrecieron mis padres fue probar con la música. La verdad es que al principio me resistí. Esperé un año con la esperanza de que volvieran a abrir, pero no hubo suerte. Así que finalmente acepté apuntarme primero a la coral, después a solfeo y finalmente, a los ocho años, a violín. Así fue como, de la forma más inesperada, surgió la magia. No había vuelta atrás. La música vino a mí y me enamoré.

No sé muy bien cómo explicarlo… No era más que una cría, pero desde el minuto cero sentí que eso era lo mío. Nunca más me planteé hacer otra cosa. Para mí, a diferencia de otros niños, las clases de música y violín eran mucho más que una simple actividad extraescolar. Fíjate que, aunque todo el mundo había empezado antes que yo, fui de las pocas que siguió con la música más allá de los doce años. En solfeo éramos pocos y en violín tan solo quedamos dos. Ahí fue cuando mi profesor me invitó a ensayar con una orquesta de Figueras, a más de ochenta kilómetros de mi pueblo.

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Esa fue la distancia que recorrí cada sábado desde los doce hasta los dieciocho años para poder seguir con lo que acabaría siendo mi carrera profesional. Cuando pienso en el esfuerzo que tuvieron que hacer mis padres… Fui muy afortunada; siempre me apoyaron. Además, formar parte de esa orquesta me ayudó mucho. Me sirvió para darme cuenta de que yo no era tan diferente a como querían hacerme ver en la escuela. Mientras eres pequeño, nadie considera las clases de música como algo especial pero, cuando llegas a los trece o catorce años, la cosa cambia. Ya nadie entiende que te pases los fines de semana ensayando y de concierto en concierto. Parece que a esa edad tan solo toca salir, como hacen los demás…

Por aquel entonces, los que hacíamos música éramos los bichos raros. Lo normal era hacer deporte. Recuerdo perfectamente cómo el día que había entrenamiento de baloncesto no nos ponían deberes. Sin embargo, a nadie le importaba que yo tuviera que estar haciendo deberes hasta la una de la madrugada porque también tenía ensayos. Me parecía tan injusto… Eso sí, los mejores comentarios llegaron cuando ya estaba preparándome para el título superior. ¿Sabes cuántas veces me preguntaron qué estudiaba aparte de música? «¿Qué estudias?» «Música», les decía. «Ya, pero ¿qué más, no estudias otra cosa?». Entraban en bucle. Al final opté por decirles que estudiaba en el Conservatorio del Liceo. Eso parecía dejarlos más convencidos. Supongo que por la categoría del centro ya lo veían más importante.

Ahora las cosas han cambiado y la Generalitat incluso convalida las clases de música cursadas en edad escolar.

Pese a que hay pocas cosas para las que se necesite un nivel de sacrificio, dedicación, esfuerzo y disciplina tan elevado como la música, el estudio de este tipo de carreras artísticas está muy poco valorado. Nos pasamos entre diez y catorce años estudiando, con horas de ensayos, de clases y de conciertos, muchas de ellas en edad escolar. Y no hablemos ya del esfuerzo físico que supone. Eso es algo de lo que la gente, o incluso los propios músicos, son muy poco conscientes. Estar ensayando tantas horas al día puede causarte lesiones graves que pueden costarte la carrera. Yo misma me llevé un buen susto cuando todavía estaba estudiando. Sufrí una tendinitis que me obligó a bajar el ritmo. Sin embargo, en el fondo, fue una suerte. Gracias a ello aprendí a cuidarme y pude seguir el camino que ya había iniciado como profesional.música, vida, historias que importan, retrato

En contra de lo que muchos creían, mis esfuerzos empezaron a dar sus frutos incluso antes de terminar mi formación. Pronto encontré trabajo como profesora en distintas escuelas y, con el tiempo, me abrí camino en otros ámbitos. Ahora mismo sigo dando clases, dirijo una orquesta, formo parte de otros dos grupos y, además, siento pasión por lo que hago. La música es algo maravilloso que requiere esfuerzo pero que, por muy complicado que parezca, merece la pena. Yo quería hacer música y lo hice y, lo más importante, me gano la vida con ello. No puedo pedir más. Soy feliz.

A mis padres llegaron a decirles que tarde o temprano se darían cuenta de que el dinero invertido en mi formación musical caería en saco roto porque lo normal era que me acabara dedicando a otra cosa.

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