Fue demasiado estricto

01. 04. 2018


miedo, maltrato, perdón, rencor, vida
La familia lo era todo para él, pero conmigo tenía una obsesión que nunca tuvo con mis hermanas. El motivo nunca lo supe, quizá porque yo era la mayor o por mi modo de ser o por cualquier otra razón que ya nunca sabré. De lo que sí soy totalmente consciente es de que fue demasiado estricto. Con perspectiva, he visto que hay cosas que quizá debería agradecerle. Puede que sin él no hubiera llegado hasta aquí; siempre estuvo detrás de mí, insistiendo para que siguiera adelante. Sin embargo, crecí con miedo y ningún niño debería temer a su padre.

No lo recuerdo todo. Mi mente, de algún modo, ha borrado muchos de los malos recuerdos. Así que solo me quedan detalles o algunos momentos puntuales. Pese a ello, sí recuerdo lo nerviosa que me ponía en cuanto le oía llegar a casa. El ruido de la llave al abrir la puerta… Sabía que de ahí venía directo a mi cuarto para comprobar si me había aprendido lo que estuviera estudiando en ese momento. Si me equivocaba –lo cual pasaba a menudo– me esperaban reproches, gritos, castigos… Te estoy hablando de cuando yo tan solo tenía siete u ocho años.

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Yo no trato así a mis hijos, no se lo merecen.

Siempre me ha costado estudiar, no soy rápida. Aun así, no creo que mereciera ese trato. Tan solo era una niña, no entendía por qué me reñía de ese modo. Me portaba bien, era tranquila y más bien tímida. Todo ello, al parecer, no era suficiente. Me castigaba por tonterías, incluso si se me caía un vaso. A medida que fui creciendo los enfrentamientos verbales y, a veces, físicos no fueron algo extraño. Mi madre, que tampoco lo tuvo fácil, le paraba y me pedía que no le contestara. No lo entendía… ¿Qué significaba que no le contestara? ¿Debía callarme y dejar que se saliera con la suya?

Pues sí, eso era. Tenía que callar y aguantar. Con 16 años no tenía los recursos necesarios para enfrentarme a un hombre de 50 años. No podía hacer nada. Así que, muy a mi pesar, simplemente estudiaba y acataba sus normas. No me dejaba hacer casi nada: si mis amigas salían hasta las diez, yo solo podía ir hasta las ocho; si había alguna fiesta de noche, a mí me tocaba quedarme en casa… Poco a poco se fue desvaneciendo el miedo para dejar paso a la rabia. Odiaba que me tratara así.

Nunca me dejó ir a un concierto.

Mi padre había vivido y visto cosas que nadie desea para sus hijos. Sin embargo, eso no justificaba su comportamiento, o eso creí hasta que descubrí como había sido su infancia. En ese momento entendí muchas cosas. Sus padres jamás ejercieron como tales. Nunca estaban en casa y ya de pequeño se encontró completamente solo. Es imposible que algo así no le acabara afectando. Sé que no debería haberme tratado como lo hizo, pero no puedo evitar pensar que la culpa fue de sus padres. Me imagino que estarás pensando que él podría haberse comportado de otro modo y, en efecto, lo hizo. Aunque tardó sus años, acabó cambiando de actitud.

Mis hermanas no lo notaron tanto. Con ellas nunca actuó del mismo modo y, además, ellas tenían otro carácter. Ya dicen que el primero marca el camino, ¿no? Yo sí noté un gran cambio. En los últimos años de su vida se convirtió en otra persona. Si bien siguió siendo estricto, los momentos de risas y estima fueron cada vez más frecuentes. Quizá ya veía que yo me había hecho mayor, que estaba en la universidad estudiando algo que me gustaba y tenía mi vida encarrilada… No lo sé, el caso es que por fin fue el padre que siempre debería haber sido: cariñoso, amable y comprensivo.

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No fue fácil creer que había cambiado y, lo que es la vida, justo cuando todo empezaba a normalizarse, se murió. Llegué a pensar que lo había hecho expresamente. Lo pasé muy mal. ¿Qué iba a hacer sin nadie que me marcara el camino? ¿Cómo iba a seguir adelante? Me sentí muy desamparada. Hasta entonces no me había dado cuenta de que dependía tanto de él… Su muerte hizo tambalear mi mundo y salió todo lo que me había guardado durante años. Tardé mucho tiempo en recuperar las riendas de mi vida. Me costó asumir que esa era mi vida y que yo decidía. Hasta entonces, él me había moldeado a su antojo.

Pese a que necesité ayuda psicológica, con el paso del tiempo comprendí que en sus últimos años se había arrepentido de lo que había hecho. Ser consciente de ello me ha permitido pasar página. Si bien hay cosas que nunca olvidaré, ya no siento resentimiento. El rencor no lleva a ninguna parte. Él me demostró que podía ser otro tipo de padre y eso, ahora, ya me vale. Yo sigo siendo una persona que intenta no molestar a los demás y evito cualquier conflicto, pero estoy en paz, le he perdonado. Es más, muchas veces le echo de menos.

Me gustaría que hubiera conocido a sus nietos. Sé que habría actuado de modo muy distinto.

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6 Comentarios

Maria B. 01. 04. 2018 - 20:29

Me agrada que olvidaste el rencor y dejaras pasar al amor.
Muy valiente por habérnoslo contado.

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Dolors 03. 04. 2018 - 10:18

María, la protagonista ha leído tu mensaje y me pide que te dé las gracias.

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Julieta 02. 04. 2018 - 20:44

Se de que hablas. Lo mejor para seguir adelante en paz es perdonar. Valiente!

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Dolors 03. 04. 2018 - 10:17

Julieta, gracias de parte de la protagonista. Ha leído tu mensaje.

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Marina 04. 04. 2018 - 22:02

Quizá es la historia que mas me ha gustado, enhorabuena Dolors. No cabe duda del gran corazón y valentia de la protagonista. Un furte abrazo para ella.

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Dolors 05. 04. 2018 - 09:21

Hola, Marina. Le paso tu mensaje. Un abrazo.

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