Cumpliendo sueños

21. 01. 2018


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Las artes escénicas son mi vida. Empecé con el ballet cuando tan solo tenía cinco años y no he parado hasta ahora. Me he formado en danza, canto e interpretación. Un camino que no habría podido seguir sin mis padres. Me respaldaron incluso cuando en el colegio, pese a dedicarle muchas horas, los resultados no siempre eran los esperados. Me resultaba complicado, pero sabían que me esforzaba y con eso ya les valía. A diferencia de los profesores, ellos creyeron en mí. Entendieron que mi futuro estaba en el mundo del arte, pero también estuvieron a mi lado en los estudios. Siempre me ayudaron a superarme. Nunca dejaré de agradecérselo.

En este sector es algo poco habitual; son muchos los jóvenes que no cuentan con el apoyo de sus familias. Una pena, porque no deja de ser un mundo complejo en el que es difícil avanzar. El oficio de artista sigue relegado a un segundo plano. Como profesión, no goza de un buen reconocimiento. Entiéndeme, todo el mundo quiere ir al teatro, ver un musical o aprender a bailar. Sin embargo, nadie quiere que sus hijos sean actores, cantantes o profesores de danza. ¿En qué quedamos entonces?

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La gente debería darse cuenta de que en los momentos más felices de su vida siempre hay un artista cerca, ya sea un músico, un actor, un pintor, un cantante. Ahí estamos, repartiendo felicidad.


Además, una vez que terminas la carrera de arte dramático, es muy difícil encontrar trabajo. Te preparas durante años, inviertes mucho dinero y, cuando por fin acabas, te das cuenta de que, independientemente de tu talento, la suerte y los contactos son dos factores de peso. Por un lado, hace falta que las características del personaje se adapten a ti y por otro, si nadie te conoce, es más complicado que te den un papel. Algunos pasan estos filtros, claro que sí, pero son una minoría. Yo, por el momento, no pertenezco a ella.

No lo critico, así es como funciona. Si tuviera algún contacto, también lo aprovecharía. Lo que más me duele es que muchas veces juegan con nuestros sentimientos. No te puedes ni imaginar cómo te llegas a sentir cuando vas a un casting y te das cuenta de que es pura propaganda. Es decepcionante. Aun así, me niego a tirar la toalla. Algún día conseguiré estar en un gran teatro.

No todo es malo, faltaría más. Mi profesión es muy bonita y me da momentos maravillosos. Subirte a un escenario, los bolos, las clases… no sé cómo describirlo. Para mí no es una simple diversión, es algo que siento en lo más profundo del corazón y me da vida. Además, tengo mucha suerte porque me encanta dar clases de danza y eso es a lo que más tiempo dedico.

A cualquier joven que quiera dedicarse a esto le animaría a seguir adelante, a luchar por ello con humildad y sin perder la esperanza.

Los años de formación, las pruebas, el esfuerzo físico que conlleva, las lesiones, las penas… todo se ve recompensado con creces. He trabajado con niños autistas, personas enfermas y niñas con trastornos de la alimentación y todos, absolutamente todos, han mejorado su situación. Cuando una madre te confiesa que, desde que baila, su hija está mucho mejor o una persona se acerca para explicarte que ha superado su depresión gracias a la danza… Puede que parezcan poca cosa, pero estas muestras de agradecimiento o el simple hecho de ver a los niños felices y sonriendo son pequeños granos de arena que hacen que cada día me levante con ganas de seguir bailando y cantando.

No solo eso, sino que esto me ha animado a dar forma a mi pequeño gran proyecto. Tengo 28 años y tras 14 dando clases, creo que ha llegado el momento de montar mi propia escuela de artes escénicas. Es algo que me hace mucha ilusión. Tengo en mente un proyecto totalmente distinto a lo que hayas podido conocer hasta ahora. Quiero que sea algo especial, un centro de reunión donde la gente del barrio se sienta a gusto. Que vengan no solo para aprender a bailar o interpretar, sino porque lo consideran un lugar de encuentro. Me gustaría que pudieran ver que la danza y la interpretación realmente son una terapia de vida.

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Los planos están preparados y tan solo me falta encontrar un espacio. Aunque, como bien dicen, siempre hay un «pero». Vivo en Barcelona y la búsqueda está siendo compleja. Los precios de los locales son muy elevados y la normativa existente para centros de este tipo dificulta las cosas. Tamaño, altura de los techos, salidas de emergencia, insonorización… todos ellos requisitos que no son fáciles de cumplir en la zona en la que me gustaría montar la escuela.

Sé que podría cambiar la ubicación, pero el espíritu ya no sería el mismo. Quiero que esté en mi barrio, es algo que he pensado para mi gente, esos que llevan toda la vida luchando por salir adelante. Dicen que soñar es gratis y, qué quieres que te diga, me gusta soñar y cumplir mis sueños. Así que aquí estoy trabajando duro para poder abrir la escuela cuanto antes. Lo bueno es que no estoy sola, tengo a mi pareja y a toda mi familia buscando local y apoyándome. Pronto encontraremos el lugar perfecto, estoy segura.

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2 Comentarios

Tina 21. 01. 2018 - 17:25

Cumpliendo sueños y haciéndonos soñar 🙂

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Llorenç 21. 01. 2018 - 20:07

A mí me inició en el teatro una soñadora como tú. Alguien que había estudiado, se había formado, era muy buena actriz y mejor persona. Se llamaba Silvia y aunque una enfermedad se la llevó demasiado pronto, su nombre todavía es recordado con ilusión por muchos de los que fuimos sus alumnos. A mí el sueño del teatro me pilló tarde, pasados los cuarenta, y solo he llegado al teatro aficionado. Pero desde esta perspectiva he aprendido a valorar mejor el trabajo de los profesionales de la escena. Ser una buena actriz de teatro no es nada fácil, requiere mucha disciplina, mucho trabajo, por eso siento tanto respeto por ese oficio. Sueña, vale la pena. Y cuando seas profesora de artes escénicas (que lo serás), no hagas nada por despertar. Tus alumnos y tú saldréis más que beneficiados.

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