Una niñez diferente

14. 01. 2018

niñez, infancia, emigración, historias que importan

Hasta los doce años tuve una niñez muy bonita, pero luego la vida se me complicó un poco. Mi padre sufrió un accidente y, tras una estancia de tres meses en el hospital, se quedó cojo. La incapacidad le impidió seguir con su trabajo y a mi madre y a mí nos tocó ponernos al frente de nuestra familia numerosa; éramos seis y dos años después acabaríamos siendo siete. Fue un cambio complicado al que siguieron tiempos de mucho trabajo que finalmente nos llevarían a emigrar.

Mi madre nunca me había permitido hacer nada en casa. Decía que podía con todo y solo me dejaba jugar e ir al colegio. Quería que disfrutara de mi infancia. Estamos hablando de 1952, así que fue una suerte porque en esos tiempos casi todos los niños trabajaban en algo. Pero ni yo ni mis hermanos habíamos colaborado de ningún modo hasta que mi padre se quedó imposibilitado.

Los primeros meses fueron confusos. Mi madre estaba en el hospital con mi padre y la familia nos repartió. Mi hermana se quedó con una tía, mis hermanos con la abuela y otra tía, y yo de comodín donde les parecía. Como era la mayor, cabía en cualquier parte. Esto duró tres meses, hasta que a mi padre le dieron el alta y nos tocó empezar de cero.

Entretanto, la familia había intentado decidir nuestro futuro. Como mi padre ya no podía seguir trabajando, habían dispuesto que los niños debíamos ir a un colegio de la caridad, «Las Infantitas» lo llamábamos. Allí nos darían de comer dos veces al día y con eso tendríamos suficiente. Sin embargo, mi madre se negó de forma rotunda. Nadie iba a separar a sus hijos, ella se encargaría de sacarnos adelante. ¡Y vaya si lo hizo!

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Esto es algo que siempre le agradeceré. Podrían habernos dejado allí y vivir tranquilos con lo que la familia les diera, muchos optaban por esa opción. Ella no, ella luchó por nosotros.

 

Enseguida se puso a vender pan y otros productos básicos, y en ese momento fue cuando las cosas cambiaron totalmente para mí. Era la mayor y me necesitaban. Así que me tocó ayudar en casa. Lo recuerdo como si fuera hoy. Las horas preparando la masa de pan para que levara mientras ella se iba a Guadix con el burro a por nuevos productos, el horno de pan, las compras en el mercado, los ratos que me quedaba sola con mis hermanos… Por primera vez en mi vida tuve responsabilidades. Se había acabado el jugar.

Luego compramos la taberna y fuimos saliendo adelante. Mi padre también se esforzaba y hacía todo lo que podía. Le costaba, pero no se daba por vencido. Entre los tres llevábamos el bar, las pocas tierras que teníamos y la tienda. Nunca nos faltó de nada. Para lo que era la época, nuestros ingresos eran más que suficientes y nos daba para vivir.

Pese a ello, mi padre pronto quiso que fuera a probar suerte a otro lugar. En el pueblo la vida no era fácil, comodidades como el agua corriente eran inexistentes y el futuro era bastante incierto. En esos años emigraban muchos paisanos, así que lo vimos como una buena opción. Mi primer destino fue Madrid y después, con casi 20 años, me trasladé a Barcelona. Por aquel entonces la ciudad estaba en auge y había muchas oportunidades.

Me acompañaba mi hermano y enseguida nos pusimos a trabajar. Poco a poco fuimos forjando nuestro futuro. Después de estar un tiempo sirviendo me fui a vivir a las barracas de Montjuic. Realmente no eran un lujo, estaban hechas de cuatro paredes, una uralita y una puerta. Pero para los que veníamos del pueblo no estaban nada mal. Todo depende de con qué lo compares. Tengo muy buenos recuerdos de esa temporada.

Irnos a vivir a un piso, después de las barracas, sí que supuso un cambio importante. Abrías el grifo y salía agua, fría y caliente, y cada habitación tenía su puerta. Era maravilloso.

Allí conocí a Manolo. Fue un flechazo. Parece que lo sigo viendo: alto, bien plantado, con su toalla encima del hombro… En eso también tuve suerte. Entonces se acordaban muchos matrimonios, no te dabas cuenta y te veías casada con cualquiera. Yo no, yo me casé enamorada. Fue amor a primera vista. Con él mi vida acabó de tomar su rumbo.

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Cuando nos casamos fuimos a vivir con mis padres, que ya se habían venido a Barcelona. Después pasamos por Rubí, Barcelona, San Adrián y Palafrugell, donde finalmente echamos raíces. Durante todos esos años seguí trabajando en casas, hice de costurera y finalmente me jubilé como camarera. Nunca quise dejar de trabajar, quería tener mis cosas y, además, no sé estar quieta.

Ya ves, yo que creía que mi vida no tenía mucho interés y resulta que no he parado. Se ve todo tan lejano… y solo han pasado 62 años. Parece mentira. Ha habido tantos cambios desde entonces. De lavar la ropa en la acequia con agua congelada, a tener una máquina de la que sacas la ropa limpia con solo apretar un botón. No creo que seamos conscientes de todo lo que nos ha cambiado la vida en tan poco tiempo.

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3 Comentarios

Tina 15. 01. 2018 - 08:48

Qué bonita historia. Es increíble cómo se quitan importancia estas personas de vidas extraordinarias, como si no requiriese valor alguno luchar por salir adelante como ellos hicieron. Ayer mi madre estuvo contándome cosas de su vida, y pensé en ti y en tus narraciones :-).

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Dolors 15. 01. 2018 - 09:48

Exacto, como llevan luchando toda su vida, lo adoptan como algo normal y nada extraordinario. Para eso estoy yo, para que se den cuenta de lo especiales que son sus vidas. Qué bien que pensaras en mí 🙂

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paco reina santos 20. 01. 2018 - 11:42

PACO

ESTO ES PARA QUE RECAPACITEN LOS JÓVENES DE HOY EN DÍA, Y VEAN LOS ESFUERZOS QUE REALIZARON SUS PADRES, PARA SACARLOS ADELANTE, Y QUE DE VEZ EN CUANDO TENDRÍAN QUE DARLE UN BESO,Y ALGÚN ACHUCHON QUE OTRO, QUE ES LA ÚNICA RECOMPENSA QUE QUIEREN , LO DEMÁS TODO ES MATERIAL, QUE ESO SE QUEDA AQUÍ CUANDO UNO SE VA ,PERO EL CARIÑO SE LO LLEVAN

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