Una vida sencilla y normal

17. 12. 2017

vida sencilla, historias que importan, pobreza, superaciónNací en 1905 y mi destino era trabajar en el campo por un plato de comida durante toda la vida. No lo acepté y cambié mi suerte. Con siete años me tocó cuidar de las vacas, de joven hubo épocas en las que comí cada día lo mismo y ya de adulto viví una guerra y conocí las cartillas de racionamiento. Nunca me rendí. Siempre miré hacia delante.

En casa éramos muy pobres. Yo era el pequeño de cinco hermanos y debía aprender a hacer algo, así que con siete años recién cumplidos me tuve que hacer cargo de las vacas. Era un trabajo muy duro, pero había que ayudar en casa y en esa época era normal que los niños realizaran algunas tareas. Pese a todo, pronto empecé a interesarme por aprender otras cosas.

Nos fabricábamos los juguetes nosotros solos. Para las ruedas de las carretas utilizábamos piñas.

Tuve suerte, me dejaron ir a la escuela. Sin embargo, el profesor se emborrachaba y enseguida me quedé sin mis lecciones. No volví a estudiar hasta unos años después cuando retomé los estudios con un profesor rural en una de las casas en las que trabajé. Nunca olvidaré esas clases a la luz de la lumbre. Bueno, eso y el hambre que pasé. Pagaba las lecciones con parte de mi comida.

No aguanté mucho. Si bien la comida no era ningún manjar –cada día me daban pan seco con leche para desayunar y escudella para almorzar y cenar– debía escoger entre aprender a leer o morirme de hambre. Ya te puedes imaginar qué decisión tomé. Aun así, no me rendí: con las pocas nociones que tenía fui aprendiendo a leer solo.

vida sencilla, historias que importan, pobreza, superaciónPor aquel entonces, con catorce años ya me había ido de casa. Mi padre había muerto y los ingresos familiares no eran suficientes para mantenernos a todos. Seguí trabajando en el campo durante varios años a cambio de un sueldo ínfimo: un plato de comida y un techo bajo el que dormir.

En esos momentos quizá ya debería haber estado acostumbrado a ese trabajo, pero yo quería mejorar mi situación. Si algo me infundieron ese tipo de labores fue fuerza, mucha fuerza, así que no tardé en colocarme en una empresa de transportes para cargar cajas. Allí estuve hasta que me enteré de que en una casa señorial buscaban a un mozo para trabajar de vigilante y jardinero.

Acudí con los ojos cerrados. Después de tantos años trabajando en condiciones realmente duras, hacer de jardinero era un sueño hecho realidad. Me cogieron y los señores resultaron ser los mejores jefes que he tenido nunca. El trabajo era de lo más sencillo, incluía el alojamiento y me permitía trabajar en otras cosas. Seguí yendo al bosque a talar árboles para ganarme un sueldo extra. Supongo que no quería perder la costumbre de trabajar duro… vida sencilla, historias que importan, pobreza, superación

Allí me casé y, unos años más tarde, nacieron mis hijos. Al primero no le conocí hasta que tuvo un mes de vida. Estábamos en plena guerra y varios vecinos nos vimos desplazados a las montañas; no pude asistir al parto. Fueron unas semanas muy complicadas. La gente del campo nos ayudaba, a veces nos daban comida, otras cobijo… no había mucho que ofrecer. Pasamos mucho frío y hambre.

Cuando llegué a casa a ver a mi hijo recién nacido no me dejaron entrar. Primero me tocó limpiarme en una tina de agua. Llevaba tantos días en el bosque que estaba lleno de piojos.

No obstante, puedo considerarme afortunado. Para aquel entonces la guerra ya estaba llegando a su fin y pronto pude volver a casa. Los años siguientes estuvieron marcados por las cartillas de racionamiento, la escasez de trabajo y mucha miseria por todas partes. Como ocurre en cualquier posguerra, esa era la tónica general.

En fin, con el paso de los años las cosas se fueron asentando y llegaron mejores tiempos. Seguí trabajando en la casa señorial, mis hijos fueron creciendo y fuimos superando los baches normales a los que te enfrenta la vida. Pero yo me hacía mayor y debía plantearme de nuevo ciertos cambios, la edad no perdonaba y los hijos de los señores iban a vender la casa. vida sencilla, historias que importan, pobreza, superación

Sin dudarlo, en cuanto cumplí los 56 me metí de ayudante en una tornería y, con mis hijos, compré un taller para reconvertirlo en lo que acabaría siendo nuestra casa. No era un palacio pero, con mucho esfuerzo, lo convertimos en nuestro hogar.

Lo que son las cosas. Yo, un simple chico de campo, acabé teniendo una casa y un trabajo en un sitio cubierto y calentito. Mi origen humilde no me permitió tener grandes estudios ni ganar fortunas, pero eso no era necesario. Conseguí lo que quería con honradez: una vida sencilla y normal. Estoy muy orgulloso de ello. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

***Ramón murió con 92 años y hasta el último día desayunó sus sopas de pan.vida sencilla, historias que importan, pobreza, superación

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8 Comentarios

Tina 17. 12. 2017 - 20:16

Preciosa historia la de tu abuelo :-). La de la semana pasada también me encantó. Conozco un caso muy parecido, y superar algo así requiere mucho valor.
Un abrazo

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Dolors 17. 12. 2017 - 22:12

Muchas gracias, Tina. Sí, el valor es tan importante… Un abrazo.

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Marcy 19. 12. 2017 - 06:09

Gracias por compartir una historia más con nosotros, Dolors!

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Dolors 19. 12. 2017 - 09:52

Gracias a ti, Marcy, por acompañarme por aquí.

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Llorenç 21. 12. 2017 - 09:11

Otra historia hermosa. Gracias por el esfuerzo de buscarlas, escucharlas y redactarlas para nosotros.

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Dolors 21. 12. 2017 - 17:04

Moltes gràcies, Llorenç. A vosaltres per llegir-les.

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c 28. 12. 2017 - 20:36

Me ha fascinado….
Gracias

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Dolors 28. 12. 2017 - 21:03

Me alegro, Cristina. Gracias a ti por leerlo.

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