La maternidad, el mayor reto de mi vida

28. 11. 2017

superación, maternidad, infertilidad, madre, hijos, culpabilidad

Queríamos ser padres y en ningún momento nos habíamos planteado que las cosas podían ser complicadas. ¿Por qué debían serlo? Todas mis amigas se estaban quedando embarazadas sin problemas y ahora me tocaba a mí. No fue así. Empezamos a probar, pero nuestro turno no llegaba. Poco a poco, la maternidad se convirtió en un reto que parecía inalcanzable.

Al principio nos lo tomamos con mucha calma. Teníamos muchas ganas, pero no había prisa. Sabíamos que era algo que no suele ocurrir de un día para otro. Pasó un mes, dos meses, tres meses, medio año y hasta un año. Fue entonces cuando empezamos a pensar que quizá algo no iba bien. Nos hicimos pruebas y no había problema alguno. Debíamos seguir intentándolo un año más.

Así lo hicimos, pero yo empecé a ponerme muy nerviosa. El sexo se convirtió en una obligación, todo estaba enfocado a la reproducción. Era un sin vivir, cada mes esperábamos que fuera «el mes». Pero no llegaba y nuestra relación empezaba a verse afectada. Nuestro sueño se había convertido en una pesadilla que había llegado para quedarse durante demasiado tiempo.

Tras el segundo año de fracaso, decidimos acudir a una clínica de reproducción asistida. Como aparentemente no teníamos ningún problema, el proceso iba a ser rápido, o por lo menos esa era la esperanza. Esta vez las estadísticas tampoco estuvieron a favor nuestro. Aunque me hicieron tres inseminaciones artificiales y dos in vitro, nada funcionó. No podía más, estaba tan agotada y me sentía tan mal…

Estaba al límite, cada intento era un fracaso, no entendía cómo nos podía estar pasando esto.

Es un sufrimiento difícil de explicar y son pocos los que lo entienden. Te dicen que te relajes, que ya llegará. «No te obsesiones, mujer, cuando menos te lo esperes pasará», me decían todos. La intención era buena, lo sé, pero en esos momentos las palabras sobraban. Es realmente duro y solo las parejas que pasamos por esto sabemos lo que se sufre.

Se te pasan tantas cosas por la cabeza, son tantas las dudas. Llegué a plantearme que no merecía ser madre o que quizá mi marido no era la persona adecuada. Una estupidez, lo sé, pero en situaciones así la mente te juega malas pasadas. Él me apoyó en todo; ni te puedes imaginar la de veces que lloramos abrazados. Aun así, creo que la peor parte me la llevé yo, como mujer.

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Yo recibía el tratamiento hormonal, sufría los cambios en mi cuerpo y era la primera en darme cuenta de que, tras los horribles quince días de espera, el tratamiento no había funcionado. Así que, por mucho apoyo que tuviera, yo era quien debía reunir la fortaleza necesaria para seguir adelante. La acabé encontrando, pero antes me tocó descansar.

Habían sido demasiados intentos seguidos, necesitábamos desconectar y cambiar de aires. Y eso hicimos, nos olvidamos del tema durante una temporada y cuando nos volvimos a sentir con fuerzas, cambiamos de clínica y probamos otra vez. Funcionó, la sexta fue la vencida. Por fin la moneda cayó del lado que tocaba.

Había conseguido aquello que tanto ansiaba y debía sentirme feliz. Sin embargo, no fue así. Recibí la noticia con alegría, claro que sí, pero para nada experimenté el entusiasmo que había esperado sentir. Había sido un proceso tan largo y estaba tan desgastada… Además, a la carga emocional hay que añadirle el esfuerzo económico. Estos tratamientos son desorbitadamente caros. Nosotros tenemos suerte y nos lo pudimos permitir, pero me pregunto qué será de las parejas que no pueden. Ni me imagino cómo deben sentirse.

No sientes que los médicos te apoyen. Sí, hacen su trabajo, pero en el fondo les da igual si te quedas embarazada o no.

Sea como sea, no te recuperas de un proceso así en dos días y menos si se le suma un parto por cesárea de urgencia y un primer año de maternidad muy complicado. Sabía que no iba a ser fácil, mis amigas me habían avisado. Aun así, no eres consciente de cómo será hasta que llega el momento. Así que mi final feliz tardó en llegar. Necesité tiempo para recuperarme y asimilar todo lo que había pasado.

Ahora, tras unos años, no solo estoy recuperada, sino que acabo de tener mi segundo hijo. Así es, estos pequeños te cambian la vida por completo, pero no puedes evitarlo, un día te levantas y decides intentarlo otra vez. Esta vez todo fue mucho más fácil. El tratamiento funcionó a la primera y no hubo complicaciones. Puede que haya sido suerte o que realmente estaba más preparada, lo que sí sé es que me siento muy orgullosa de haber llegado hasta aquí.

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