Cuando yo era pequeña no se hablaba de feminismo y, de hecho, en mi entorno veía todo lo contrario. Si fuera consecuente con la educación que recibí, debería haber sido de todo menos feminista. Sin embargo, por alguna razón que desconozco, no salí así. Encontraba que las cosas no estaban bien, que no deberían funcionar como lo estaban haciendo. Tenía una visión muy crítica de todo. Siempre creí que nadie podía ser superior a mí simplemente por ser hombre. Me parecía absurdo.

Seguí el camino que se suponía que debía seguir. De hecho, incluso logré mucho antes de lo habitual lo que la sociedad espera de nosotros. Fui a la escuela, al instituto y a la universidad y encontré trabajo de lo que, en teoría, era lo mío. Estudié periodismo y conseguí un puesto como becaria en la televisión de mi ciudad donde, en tan solo dos años, acabé presentando el informativo de deportes. ¿Te lo puedes imaginar? Había conseguido llegar a lo más alto y todo el mundo estaba muy orgulloso de mí. En los tiempos que corren, era una suerte. Sin embargo, algo empezó a removerse dentro de mí. Sentía que ese no era mi lugar.

Estaba tan oscuro y llovía tanto… Pese a la alegría de haberlo logrado, sentí una soledad muy grande. «¿Ahora, qué?», pensé. Teníamos puesta nuestra esperanza en el hermano de nuestra compañera de viaje, por lo menos esa noche. Su primera reacción fue de sorpresa. Éramos muchos y no cabíamos todos en el coche. En caso de que aceptara, deberíamos coger un taxi. Pero yo no podía. Ya me habían quitado cien dólares en Miami y no debía gastar más dinero. Por suerte, el señor tenía corazón de colombiano auténtico. No solo nos dejó quedarnos una noche en su casa, sino que volvió a por nosotros. Dios le bendiga, gracias a él no tuvimos que pasar ni una noche en la…

Mi historia empieza en el momento en que decidí venir a Europa, en septiembre de 1998. Lo recuerdo muy bien porque era una época de mi vida en la que me encontraba saturada. No sé si llamarlo depresión, pues entonces no se conocía. Sentía que el lugar donde vivía se me quedaba pequeño y que necesitaba salir de allí, pero no tenía dinero. Ganaba lo justo para ayudar a mi esposo. Aun así, soñaba con irme a España. No me conformaba con Estados Unidos, que era adonde la mayoría de la gente emigraba; yo quería irme más lejos.

De pequeño era un bala perdida. Todavía recuerdo los días de escuela en que salía de casa con la mochila y, una vez veía salir a mi madre, regresaba, tiraba la bolsa a mi habitación por la ventana (que ya había dejado convenientemente abierta) y me iba a jugar al muelle, donde me juntaba con otros niños. Y, mientras, mi pobre madre creía que estaba en clase… Nunca me gustó estudiar pero, ¿sabes?, siempre he tenido algo bueno: he sido muy curioso y, cuando algo me gusta, me ilusiono y ya no lo dejo. Aunque no he tenido estudios, siempre me he implicado mucho en todo lo que he hecho.

Los primeros trucos de magia los hice cuando empecé a hacer números de circo para mi familia. A los ocho años montaba espectáculos con cortinas y otros materiales. Ahí comencé con la magia, pero fue algo pasajero, pues enseguida me dio por leer y escribir. Me obsesioné de tal forma que dejé todo lo demás. Incluso me preparaba mis cuentos en folios y se los vendía a mis padres para poder volver a comprar material… Pero esto solo duró hasta que, hace unos tres años, mis padres me llevaron a ver un espectáculo del Mag Lari y, nunca mejor dicho, se hizo la magia.

Nunca nos imaginamos que nos iría tan bien. Éramos un simple grupo formado por tres hermanos y dos amigas unidos por una buena causa. De hecho, nos centramos tanto en la recaudación de fondos que, cuando ya empezó a acercarse el día de la travesía, nos dimos cuenta de que todavía nos faltaba lo más importante, nadar por ellas. Es verdad que para nosotros era más bien un reto personal que competitivo. Pero sentíamos que teníamos que terminar como fuera, no podíamos defraudar a todos los que habían confiado en nosotros.

Todo empezó cuando tuve mi primer hijo hace cinco años. Yo tenía muchas ganas de ser mamá y, en mi mente, lo tenía todo muy bien organizado. Me cogería la baja de maternidad, haría muchas actividades con el niño y, una vez volviera a trabajar, sería a media jornada para poder dedicarle más tiempo. Además, estaba convencida de que el niño encajaría perfectamente en nuestra vida, sin que el equilibrio familiar se viera afectado. Sin embargo, las cosas no fueron como yo me las había planteado. Quise tenerlo todo bajo control y, pese a ser muy feliz, acabé agotada.

Emigré del Perú porque quise. Había tenido una adolescencia muy complicada y siempre había querido salir de allí. Así que aproveché que en aquel momento ofrecían unas becas para ir a la Unión Soviética y me fui. Estuve un año en Uzbekistán aprendiendo ruso y tres en Volgogrado, donde inicié los estudios de medicina. Todo iba bien hasta que empecé a suspender bioquímica y me acabaron echando de la carrera. Me obligaban a irme de allí, pero no deseaba regresar al Perú. Entonces fue cuando vi que la gente se iba a Suecia y a otros países y pensé que, si ellos podían, yo también. Pasé por Checoslovaquia, Austria y, finalmente, compré un pasaje para Ginebra. Ahí fue cuando empezó…

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