Empecé con la escritura en 1960, a modo de desahogo. Nadie me había enseñado a escribir poesía. Aunque fui unos años a la escuela, lo único que recuerdo de esa época es que las tres profesoras que teníamos se pasaban el día charlando. Así que mis textos son los de una persona que no tiene estudios, llenos de faltas de ortografía. Pese a ello, nunca dejé de lado mis libretas. No podía, durante muchos años ellas y las letras que dejaba plasmadas en sus páginas me ayudaron a seguir adelante y escapar de la vida que me había tocado vivir. 

Siempre fue una niña muy nerviosa. Su mente iba tan rápida que incluso tartamudeaba. Aun así, los primeros años escolares no tuvo problemas. Las dificultades vinieron más tarde, en cuarto o quinto de primaria, cuando ya le tocaba concentrarse y estudiar un poco. En ese momento, empezamos a darnos cuenta de que algo no iba bien. Veíamos que en casa no hacía prácticamente nada y en la escuela las cosas no eran mucho mejores. Los profesores nos decían que había días que parecía que no hubiera ido a clase, y eso no era normal. Ahí fue cuando empezamos todo el proceso que concluiría con el diagnóstico de déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

Mis padres son suizos. Mi madre nació en Suiza y mi padre se hizo el pasaporte allá por 1974, cuando yo tenía cuatro años. Hasta entonces, él había sido español y yo también, pero decidió renunciar a su nacionalidad. Nunca me ha dicho qué motivó su decisión. Quizá, al empezar una nueva vida, quiso cortar y empezar de cero. No lo sé. Sin embargo, esa semilla española ya estaba dentro de mí y nunca se fue. Al contrario, fue creciendo cada vez más hasta que, cuando ya fui mayor de edad, conseguí recuperar mi pasaporte. Desde entonces, soy española y suiza, en ese orden.

La tienda la abrieron en 1975 dos hermanas, Marta y María Ángeles, y se llamó Etcétera porque la idea era que abarcara diferentes secciones como juguetes, papelería y, ya en 1976, libros. Y así funcionó hasta 1987 cuando, tres años después de habérnosla quedado mi mujer y yo, decidimos dar el salto y dedicarnos únicamente a los libros. En aquel momento nos trataron de locos. «¿Cómo vais a vender solo libros?», nos decían. Nadie lo entendía, pero nosotros estábamos seguros de que especializarse era la mejor opción y, contra todo pronóstico, aquí seguimos treinta y un años después. 

No recuerdo muy bien a qué edad tenía cuando empezaron a hacerme pruebas. Por lo que me han contado mis padres, en primaria ya me vio la psicóloga del colegio y empecé una terapia con la logopeda y esta, posteriormente, me derivó al psiquiatra. Sin embargo, yo no tuve memoria de todo esto hasta más adelante, ya con once o doce años. Y es que, en realidad, para mí no era un problema. De hecho, hoy en día, con dieciocho años, sigo pensando que no es algo fuera de lo habitual. El déficit de atención e hiperactividad, es decir, el TDAH, forma parte de mí y yo no veo que pueda hacer menos cosas que los demás. No me limita.

Nunca he sabido estar quieto. La curiosidad y las ganas de aprender y hacer cosas nuevas siempre han estado presentes en mi vida. He tenido varias empresas, fundé el Museo de las Guilleries y el Grupo Excursionista Força, Forts i Ferms, y siempre he colaborado con entidades locales y comarcales. No obstante, no creo que sea algo fuera de lo normal. Para mí es importante ser útil y si además puedo hacerlo a través de la fotografía, me siento feliz. Cogí una cámara por primera vez a los dieciséis años y nunca más la he soltado. Nací en 1925, es decir, llevo setenta y siete años dedicándome a esto.

En realidad, yo quería ser bailarina. Recuerdo cómo mi padre ponía el disco del Lago de los cisnes y yo, enfundada en mi tutú, bailaba sin parar. Sin embargo, cuando me quisieron apuntar a danza, la escuela de mi pueblo cerró y la opción que me ofrecieron mis padres fue probar con la música. La verdad es que al principio me resistí. Esperé un año con la esperanza de que volvieran a abrir, pero no hubo suerte. Así que finalmente acepté apuntarme primero a la coral, después a solfeo y finalmente, a los ocho años, a violín. Así fue como, de la forma más inesperada, surgió la magia. No había vuelta atrás. La música vino a mí y me enamoré.

Deseábamos con todo nuestro corazón ser padres, era algo que siempre habíamos soñado. Sin embargo, las cosas no estaban saliendo como habíamos previsto. Hacía muchos años que estábamos juntos y, pese a que lo intentamos todo, no había manera. Lo probamos muchas veces y de todas las formas posibles, pero mis embarazos nunca llegaban a buen término y nadie sabía qué ocurría. Así que cuando empezamos a acercarnos a los treinta decidimos que íbamos a adoptar. Sabíamos que era un proceso muy largo y no podíamos esperar más; de lo contrario, hubiéramos sido demasiado mayores.

Me fui a estudiar fuera de España obligada por el sistema. Hacía años que sabía que quería ser comadrona, pero aquí es muy complicado especializarse. Primero debes aprobar una oposición y después hacer la residencia. Aunque el proceso está bien pensado, salen tan pocas plazas que es casi imposible lograrlo. La última vez que hice el examen conocí a una chica que se presentaba por undécima vez. Ese fue el momento en que decidí que me iría a estudiar a otro país. Jamás hubiera pensado lo difícil que podía ser vivir en el extranjero, ni qué decir de lo complicada que resultaría la vuelta.

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