No recuerdo muy bien qué edad tenía cuando empezaron a hacerme pruebas. Por lo que me han contado mis padres, en primaria ya me vio la psicóloga del colegio y empecé una terapia con la logopeda y esta, posteriormente, me derivó al psiquiatra. Sin embargo, yo no tuve memoria de todo esto hasta más adelante, ya con once o doce años. Y es que, en realidad, para mí no era un problema. De hecho, hoy en día, con dieciocho años, sigo pensando que no es algo fuera de lo habitual. El déficit de atención e hiperactividad, es decir, el TDAH, forma parte de mí y no veo que pueda hacer menos cosas que los demás. No me limita.

Nunca he sabido estar quieto. La curiosidad y las ganas de aprender y hacer cosas nuevas siempre han estado presentes en mi vida. He tenido varias empresas, fundé el Museo de las Guilleries y el Grupo Excursionista Força, Forts i Ferms, y siempre he colaborado con entidades locales y comarcales. No obstante, no creo que sea algo fuera de lo normal. Para mí es importante ser útil y si además puedo hacerlo a través de la fotografía, me siento feliz. Cogí una cámara por primera vez a los dieciséis años y nunca más la he soltado. Nací en 1925, es decir, llevo setenta y siete años dedicándome a esto.

En realidad, yo quería ser bailarina. Recuerdo cómo mi padre ponía el disco del Lago de los cisnes y yo, enfundada en mi tutú, bailaba sin parar. Sin embargo, cuando me quisieron apuntar a danza, la escuela de mi pueblo cerró y la opción que me ofrecieron mis padres fue probar con la música. La verdad es que al principio me resistí. Esperé un año con la esperanza de que volvieran a abrir, pero no hubo suerte. Así que finalmente acepté apuntarme primero a la coral, después a solfeo y finalmente, a los ocho años, a violín. Así fue como, de la forma más inesperada, surgió la magia. No había vuelta atrás. La música vino a mí y me enamoré.

Deseábamos con todo nuestro corazón ser padres, era algo que siempre habíamos soñado. Sin embargo, las cosas no estaban saliendo como habíamos previsto. Hacía muchos años que estábamos juntos y, pese a que lo intentamos todo, no había manera. Lo probamos muchas veces y de todas las formas posibles, pero mis embarazos nunca llegaban a buen término y nadie sabía qué ocurría. Así que cuando empezamos a acercarnos a los treinta decidimos que íbamos a adoptar. Sabíamos que era un proceso muy largo y no podíamos esperar más; de lo contrario, hubiéramos sido demasiado mayores.

Me fui a estudiar fuera de España obligada por el sistema. Hacía años que sabía que quería ser comadrona, pero aquí es muy complicado especializarse. Primero debes aprobar una oposición y después hacer la residencia. Aunque el proceso está bien pensado, salen tan pocas plazas que es casi imposible lograrlo. La última vez que hice el examen conocí a una chica que se presentaba por undécima vez. Ese fue el momento en que decidí que me iría a estudiar a otro país. Jamás hubiera pensado lo difícil que podía ser vivir en el extranjero, ni qué decir de lo complicada que resultaría la vuelta.

Era muy frustrante; pese a hacer lo mismo que hacían los demás, no alcanzaba los objetivos. Por más que estudiara e hiciera los deberes, no me iba bien. No lo entendía, ¿cómo era posible? ¿Por qué ellos sí y yo no? Mis padres me decían que no me preocupara y me ofrecían alternativas, pero en la escuela opinaban de otro modo. Allí me aseguraban que no tenía ningún problema. Incluso me hicieron un test de inteligencia y la psicóloga dijo que les tomaba el pelo. Consiguieron que perdiera las ganas de asistir a clase… ¿Por qué iba a ir si me reprochaban que lo hacía mal?

La familia lo era todo para él, pero conmigo tenía una obsesión que nunca tuvo con mis hermanas. El motivo nunca lo supe, quizá porque yo era la mayor o por mi modo de ser o por cualquier otra razón que ya nunca sabré. De lo que sí soy totalmente consciente es de que fue demasiado estricto. Con perspectiva, he visto que hay cosas que quizá debería agradecerle. Puede que sin él no hubiera llegado hasta aquí; siempre estuvo detrás de mí, insistiendo para que siguiera adelante. Sin embargo, crecí con miedo y ningún niño debería temer a su padre.

Las cosas nos iban bien; teníamos una vida de lo más normal. Mi marido era el encargado de la acequia del pueblo y yo me ocupaba de los niños y las tareas del hogar. Nunca había tenido que trabajar mucho; en mi familia éramos tres chicos y yo, así que siempre fui la niña de la casa. Y ya cuando me casé, mi madre me ayudaba en muchas cosas. Así que, con el trabajo de mi marido y algunas tierras que teníamos, nos apañábamos. Pero el verano de 1952 las cosas cambiaron, Manuel sufrió un accidente.

Mi historia empieza cuando tuve a mi primer hijo. Todos sabemos que la maternidad te cambia la vida de un modo u otro, pero en mi caso fue un revulsivo extremo. Tanto, que decidí dejar de trabajar para ocuparme de él y, al mismo tiempo, abordar algunos temas personales. Me atrevería a decir que es lo más duro que he hecho en mi vida. Sola en una ciudad en la que no conocía a nadie, sin trabajo, en tratamiento psicológico y con un bebé… Fueron muchas cosas a la vez que, para mi sorpresa, se juntaron con algo que hasta entonces jamás había creído posible: me sentí  juzgada por otras mujeres. Reconozco que mi decisión fue radical. Se podría decir…

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